las olpc, one laptop per child
Durante su último viaje a la Argentina, Nicholas Negroponte –actualmente presidente de la ONG OLPC– presentó dos de las primeras unidades X0 de la laptop “real” de 100 dólares.
Salidas apenas hace unos días de Shanghai –donde Quanta, el principal fabricante de laptops del mundo, tiene una de sus fábricas– el juego ha cambiado radicalmente de formato y las objeciones acerca del carácter utópico o fantasioso de Negroponte tomarán de ahora en más un nuevo rumbo, mellado su destino inicial.
Es cierto que estas máquinas aún no son las definitivas, y que su carcasa de plástico es sumamente vistosa pero frágil y rompible. Es cierto que conectarlas a internet no es algo transparente y obvio, que el sistema operativo tiene errores, que cada tanto se vuelven inestables y se desconfiguran.
Pero ¿qué máquina recién salida de fábrica no comparte estos defectos? Con la diferencia de que en las comerciales las unidades para testeo iniciales son infinitamente más numerosas y que rara vez esos modelos tienen la publicidad y suscitan la expectativa que estas han provocado en la prensa mundial.
Si bien podemos considerar casi un prodigio que en el escaso lapso de año y medio una idea tan pretenciosa como la de una computadora de 100 dólares haya pasado de la etapa de metáfora para convertirse en un artefacto –es decir, que en teoría está concretizada–, no lo es menos que con las máquinas en la mano las preguntas y las dudas que teníamos previamente se agigantan y explotan en vez de desvanecerse y calmarnos.
No es para menos. Porque como el mismo Negroponte no se cansa de decir, lo radicalmente revolucionario no es la máquina en sí (aunque la X0 tiene numerosas prestaciones inconseguibles con ninguna de las máquinas que cuestan 10 o 30 veces más que ella, empezando por el display de alta resolución legible bajo la luz directa, la mesh network que convierte a toda máquina en un router, y el bajísimo consumo que permite usarla doce horas seguidas y requerir una minina energía humana para recargarla) sino el modelo pedagógico que lo sostiene.
No es fácil explicitar este modelo, y para abrir la discusión podemos decir dos palabras que aclaran mil malentendidos. No es cierto –como dicen los críticos aviesos– que el proyecto OLPC no tiene modelo pedagógico, que está concebido en contra de los docentes y que apuesta a su deslegitimación o prescindibilidad.
Por el contrario. Detrás de la máquina en sí hay más de 40 años de experiencias –basadas fundamentalmente en las ideas de Seymour Papert, Jean Piaget, Paulo Freire y varios otros teóricos de la educación– que ponen al docente en el centro de la escena, pero claro: en un lugar muy distinto al megalomaníaco, unilateral y casi divino que mucha mala tradición pedagógica ha concebido para el docente tradicional. Rol que la mayoría de nosotros hemos padecido en nuestras décadas de aprendizaje y que a veces, para peor, reproducimos en nuestras propias prácticas docentes.
El modelo pedagógico subyacente a OLPC –que iremos explicitando día a día a través de experiencias, usos de las máquinas, convocatorias a entrenadores, construcción conjunta de conocimientos aplicados, etc., etc.– pone al maestro en el centro de la enseñanza, pero lo sitúa en un pie de igualdad y muy cercano al alumno, como rara vez hemos visto hasta ahora.
Esto no significa imaginarnos un aula autoorganizada, caótica, anárquica y en plena ebullición promoviendo un autodescubrimiento que puede rayar en las tonterías más triviales. Para nada. Sólo que este modelo abreva en nociones como las de nativos e inmigrantes digitales, en las de aplicaciones par a par, privilegia la inferencia del alumno por encima del didactismo del docente, aprovecha al máximo su capacidad de conversación con las máquinas y genera una serie de aplicaciones absolutamente novedosas (como Squeak), que alejan para siempre al proyecto de cualquier formato tradicional de enseñanza de herramientas de ofimática, o de simple traslado lineal y reduccionista del universo analógico al digital.
(por Piscitelli)
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