resistir, por susan sontag
La escritora norteamericana Susan Sontag escribió este discurso con motivo de la entrega del Premio Oscar Romero a Ishai Menuchin, presidente de Yesh Gvul, movimiento de rechazo selectivo de los soldados israelíes. En él, comenzó por evocar al arzobispo nicaragüense Oscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980 y a quien exactamente 23 años después fue aplastada por un tanque israelí, Rachel Corrie. El discurso habla de la guerra imperial y de los intentos por desafiarla. “Más allá de estas luchas -dice Sontag- merecedoras de nuestra apasionada adhesión, es importante recordar que en los programas de resistencia política la relación de causa y efecto es a menudo indirecta. Toda lucha, toda resistencia, es -debe ser- concreta. Y toda lucha tiene una resonancia mundial. Si no aquí, entonces allá. Si no ahora, entonces pronto: por doquier y aquí”.
” RESISTIR ”
por Susan Sontag
Permítanme evocar no a uno, sino a dos héroes, sólo a dos, entre millones de héroes. A dos víctimas entre millones de víctimas.
El primero: Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado en su investidura mientras oficiaba misa en la catedral el 24 de marzo de 1980 -hace 23años-, pues se había convertido en ”un manifiesto defensor de una paz justa y se opuso públicamente a las fuerzas de la violencia y la opresión”. (Cito la descripción del Premio Oscar Romero, que hoy se entrega a Ishai Menuchin.)
La segunda: Rachel Corrie, estudiante universitaria de 23 años procedente de Olympia, Washington, muerta con subrillante chaleco anaranjado fluorescente con tiras de Day-Glo, que los escudos humanos llevan con el propósito de ser del todo visibles -y tal vez para estar másseguros-, mientras intentaba detener una de las casi diarias demoliciones de casas de las fuerzas israelíes en Rafah, una población en el sur de la franja de Gaza (donde Gaza linda con la frontera egipcia), el 17 de marzo de 2003-hace dos semanas-. De pie, frente a la casa de un médico palestino elegida para demolición, Corrie, una de los ochojóvenes voluntarios estadounidenses y británicos, escudos humanos en Rafah, había estado agitando los brazos ygritando por megáfono al conductor de un bulldozer D-9 blindado que se acercaba; entonces se hincó de rodillas enel camino del gigantesco bulldozer, el cual no aminoró su marcha.
Dos figuras, emblemas del sacrificio, muertas por las fuerzas de la violencia y la opresión, a las cuales ofrecíanuna oposición por principio, no violenta, y peligrosa.
Comencemos por el riesgo. El riesgo del castigo. El riesgo del aislamiento. El riesgo de ser herido o muerto. El riesgo del desprecio.
Todos somos reclutas en uno u otro sentido. Para todos nosotros es difícil romper filas; incurrir en ladesaprobación, en la censura, en la violencia de una mayoría ofendida y con un concepto distinto de la lealtad.Nos amparamos con palabras estandarte, como justicia, paz y reconciliación, que nos alistan en comunidadesnuevas, si bien más pequeñas y relativamente ineficaces, con otros de igual parecer, los cuales nos movilizan para la manifestación, la protesta, la ejecución pública de accionesde desobediencia civil, y no para la plaza de armas o el campo de batalla.
Perder el paso dela propia tribu; dar un paso fuera de la tribu a un mundo más amplio en sentido mental, pero más reducido en el numérico: si el aislamientoo la disidencia no es tu posición habitual o satisfactoria, este es un proceso complejo y difícil.
Es difícil contravenir la sabiduría de la tribu: la sabiduría que valora las vidas de sus miembros por encima de todaslas demás. Siempre será impopular -siempre será considerado antipatriótico- afirmar que las vidas de los miembros de la otra tribu son tan valiosas como las de lapropia.
Es más fácil entregar nuestra fidelidad a las personas que conocemos, a las que vemos, entre las que estamos incrustados, con las que compartimos -como bien puedeser el caso- la comunidad del miedo.
No subestimemos la fuerza de aquello a lo que nos oponemos. No subestimemos la represalia con la cual acaso se castigue a quienes se atreven a disentir de lasbrutalidades y represiones que se creen justificadas por los miedos de la mayoría.
Somos carne. Se nos puede perforar con una bayoneta, despedazar con un bombardero suicida. Se nos puede aplastar con un bulldozer, o abatir a tiros en una catedral.
El miedo vincula a la gente. Y el miedo la dispersa. El valor es inspiración de las comunidades; el valor de un ejemplo,pues el valor es tan contagioso como el miedo. Pero el valor, algunas de sus modalidades, puede también aislar alos valerosos.
El destino perenne de los principios: si bien todos afirman profesarlos es probable que se sacrifiquen cuando sevuelven incómodos. Por lo general un principio moral es algo que nos pone en desacuerdo con la prácticaaceptada. Y ese desacuerdo acarrea sus consecuencias, a veces desagradables, pues la comunidad se venga deaquellos que ponen en entredicho sus contradicciones: quienes desean una sociedad que en verdad mantenga losprincipios que dice defender.
El criterio según el cual una sociedad debería, en efecto, encarnar los principios que profesa es utópico, en elsentido de que los principios morales contradicen las cosas como son y como serán siempre. Las cosas como son -ycomo serán siempre- no son del todo perversas ni del todo buenas, sino deficientes, inconsistentes e inferiores. Los principios nos incitan a que hagamos algo respecto del mar de contradicciones en el que funcionamos moralmente.Los principios nos incitan a que nos reformemos, a que seamos intolerantes con el relajamiento moral, la componenda, la cobardía y con volver la cara a lo queresulta perturbador: esa corrosión oculta del corazón, la cual nos dice que lo que estamos haciendo no está bien, yentonces nos aconseja que estaremos mejor si no pensamos en ello.
El lema del que es contrario a los principios: ”Estoy haciendo lo que puedo”. Lo mejor posible dadas lascircunstancias, desde luego.
Digamos que el principio es: está mal oprimir y humillar a todo un pueblo; despojarlo sistemáticamentede su justo techo y alimento; destruir sus habitaciones, sus medios de vida, su acceso a la instrucción y a laatención médica, y su capacidad para reunirse.
Que estas prácticas están mal, a pesar de las provocaciones.
Y hay provocaciones. Eso, tampoco, debería negarse.
En el núcleo de nuestra vida moral y de nuestra imaginación moral se encuentran los grandes modelos de resistencia: las grandes historias de quienes handicho ”no”. ”No” te serviré.
¿Qué modelos, qué historias? Un mormón puede resistirse a la ilegalización de la poligamia. Un opositor militante alaborto puede resistirse a la ley que vuelve legal el aborto.Ellos, también, invocarán las pretensiones de la religión (o de la fe) y la moralidad, contra los edictos de la sociedad civil. Se puede usar la apelación a una ley superior existente que nos autoriza a desafiar las leyes del Estadopara justificar la trasgresión criminal, así como la más noble lucha en favor de la justicia.
El valor no tiene calidad moral en sí mismo, pues el valor no es, en sí mismo, una virtud moral. Los canallas,perversos, asesinos y terroristas acaso sean valerosos.Para calificar el valor como virtud nos hace falta un adjetivo: hablamos de ”valor moral” porque, también, hayalgo llamado valor amoral.
Y la resistencia no es valiosa en sí misma. El contenido de la resistencia es lo que determina su mérito, su necesidadmoral.
Digamos: resistencia a una guerra criminal. Digamos: resistencia a la ocupación y anexión de las tierras de otropueblo.
Reitero: no hay superioridad inherente en la resistencia.Todos nuestros llamamientos en favor de la rectitud de la resistencia se apoyan en la rectitud del llamamiento segúnel cual los resistentes actúan en nombre de la justicia. Y la justicia de la causa no depende de, y no se ve acrecentadapor, la virtud de los que pronuncian la afirmación.Depende, en primera y última instancia, de la verdad de una descripción de circunstancias que son, en verdad,injustas e innecesarias.
Lo que sigue me parece una descripción veraz de las circunstancias que me he tardado años de incertidumbre, ignorancia y angustia en reconocer.
Un país herido y temeroso, Israel, atraviesa la mayor crisisde su turbulenta historia, ocasionada por una política de constante incremento y refuerzo de las colonias en losterritorios ganados tras su victoria en la guerra árabe contra el Israel de 1967. La decisión de sucesivos gobiernos israelíes de conservar su control en la FranjaOccidental y en Gaza, negando con ello a sus vecinos palestinos un Estado propio, es una catástrofe -moral, humana y política- para ambos pueblos. Los palestinos necesitan un Estado soberano. Israel necesita un Estado palestino soberano. Los que en el extranjero queremos la supervivencia de Israel no podemos, no debemos, desear que sobreviva no importa qué, no importa cómo. Tenemosuna singular deuda de gratitud con los valerosos testigos, periodistas, arquitectos, poetas, novelistas y profesores judíos israelíes, entre otros, que han descrito, documentado, protestado y militado contra los sufrimientosde los palestinos que viven bajo las condiciones israelíes cada vez más crueles de sometimiento militar y anexión delas colonias.
Nuestra admiración más profunda ha de estar dirigida a los valerosos soldados israelíes, aquí representados por IshaiMenuchin, que se niegan a servir más allá de las fronteras de 1967. Estos soldados saben que todas las colonias están finalmente destinadas a la evacuación. Estos soldados, que son judíos, se toman en serio el principio expuesto en los juicios de Nuremberg de 1946. A saber:que un soldado no está obligado a cumplir órdenes injustas, órdenes que contravienen las leyes de la guerra; en efecto, se tiene la obligación de desobedecerlas.
Los soldados israelíes que se resisten a servir en los territorios ocupados no están rechazando una orden enparticular. Se niegan a entrar a un espacio en el cual, contoda seguridad, se darán órdenes ilegítimas, es decir, donde es muy probable que se les ordenará elcumplimiento de acciones que seguirán oprimiendo y humillando a los civiles palestinos. Las casas son demolidas, se desarraigan los huertos, se arrasa conbulldozers los puestos en los mercados de los pueblos, se saquea un centro cultural, y ahora, casi todos los días, sedispara y mata a civiles de todas las edades. No puede cuestionarse la inmensa crueldad de la ocupación israelíde 22 por ciento del otrora territorio de la Palestina británica sobre el que se erigirá un Estado palestino. Estossoldados sostienen, como yo, que debería efectuarse una retirada incondicional de los territorios ocupados. Handeclarado colectivamente que no continuarán luchando más allá de las fronteras de 1967 ”a fin de dominar,expulsar, privar de alimento y humillar a todo un pueblo”.
Lo que estos soldados han hecho -son ya unos 2 mil, de los cuales más de 250 han ido a prisión- no contribuye aindicarnos el modo en que los israelíes y los palestinos puedan lograr la paz, además de la irrevocable exigenciade que las colonias han de ser desmanteladas. Las acciones de esta heroica minoría no pueden contribuir a lamuy necesaria reforma y democratización de la Autoridad Nacional Palestina. Su posición no reducirá el dominio delfanatismo religioso y el racismo en la sociedad israelí o reducirá la difusión de la virulenta propaganda antisemitaen el agraviado mundo árabe. No detendrá a los bombarderos suicidas.
Su declaración es simple: basta. O: hay un límite. Yesh gvul.
Es un modelo de resistencia. De desobediencia. Para la cual siempre habrá sanciones.
Ninguno de nosotros ha tenido que tolerar lo que están soportando estos valerosos conscriptos, muchos de loscuales han ido a la cárcel.
Manifestarse en favor de la paz en la actualidad, en Estados Unidos, sólo sirve para ser abucheado (como enla reciente ceremonia de los Oscar), hostigado, incluido en la lista negra (la exclusión en la cadena más poderosa deestaciones de radio de las Dixie Chicks); en suma, vilipendiado por no ser patriota.
Nuestro ethos de “Unidos estamos” o “El ganador se lleva todo”… Estados Unidos es un país que ha convertido elpatriotismo en un equivalente del consenso. Tocqueville, que sigue siendo el más grande observador de EstadosUnidos, comentó el grado de conformidad sin precedentes en aquel flamante país, y otros 175 años sólo han confirmado su observación.
A veces, dado el nuevo giro radical en la política exterior estadounidense, parecería inevitable que el consensonacional sobre la grandeza de Estados Unidos, el cual puede ser activado hasta las cotas más altas de un triunfalista amor propio nacional, estuviera destinadofinalmente a encontrar expresión en guerras como la presente, la cual cuenta con la aprobación de la mayoríade la población, persuadida de que Estados Unidos tiene el derecho -incluso la obligación- de dominar el mundo.
El modo usual de proclamar a la gente que actúa por principio es diciendo que son la vanguardia de una revuelta que a la larga triunfará contra la injusticia.
Pero, ¿y si no lo son?
¿Y si el mal es en verdad incontenible? Al menos en el corto plazo. Y ese corto plazo puede ser, va a ser, ciertamente muy largo.
Mi admiración a los soldados que se están resistiendo a servir en los territorios ocupados es tan feroz como miconvicción de que transcurrirá mucho tiempo antes de que su criterio prevalezca.
Pero lo que me inquieta en este momento -por razones obvias- es obrar por principio cuando no se va a alterar laevidente distribución de fuerzas, la manifiesta injusticia y elcarácter homicida de la política del gobierno que asegura estar obrando no en nombre de la paz, sino de la seguridad.
La fuerza de las armas sigue su propia lógica. Si cometes una agresión y otros se resisten, es fácil convencer alfrente interno de que la lucha debe continuar. Una vez que las tropas se encuentran allí, han de ser respaldadas.Resulta irrelevante cuestionar por qué las tropas se encuentran allí en primer lugar.
Los soldados se encuentran allí porque “nos” están atacando, o amenazando. Olvidemos si acaso que los atacamos primero. Ahora en represalia nos atacan, ycausan víctimas mortales. Se comportan de modos que contravienen la conducta “apropiada” en la guerra. Se comportan como “salvajes”, como le gusta a la gente en nuestra parte del mundo llamar a la gente de aquella parte del mundo. Y sus acciones “salvajes” e “ilícitas” dan nuevajustificación a nuevas agresiones. Y un nuevo ímpetu para la represión, la censura o la persecución a los ciudadanosque se oponen a la agresión acometida por el gobierno.
No subestimemos la fuerza de aquello a lo que nos oponemos.
El mundo, casi para todos, es aquello sobre lo que virtualmente no ejercemos control alguno. El sentido común y el propio sentido de protección señalan que nos ajustemos a lo que no podemos cambiar.
No es difícil advertir cómoalgunos de nosotros podríamos ser persuadidos de la justicia, de la necesidad de una guerra. Sobre todo deuna guerra definida como reducidas y restringidas acciones militares que dehecho contribuirán a la paz y a una seguridad mejorada; de una agresión que se anuncia como una campaña de desarme: reconocidamente de desarme al enemigo y que, lamentablemente, requiere laaplicación de una fuerza abrumadora. Una invasión que se caracteriza a símisma, oficialmente, como una liberación.
Toda violencia bélica ha sido justificada como una represalia. Se nos amenaza. Nos estamos defendiendo. Los otros quieren matarnos. Debemos detenerlos.
Y entonces: debemos detenerlos antes de que tengan ocasión de cumplir sus planes. Y puesto que los que quieren atacarnos se ocultan tras no combatientes, no hayaspecto de la vida civil que esté exento de nuestras depredaciones.
Omitamos la disparidad de fuerzas, de riqueza, de potencia de fuego, o simplemente de población. ¿Cuántosestadounidenses saben que la población de Irak es de 24 millones, la mitad de los cuales son niños? (La poblaciónde Estados Unidos, como recordarán, es de 286 millones.) No respaldar a los que están bajo el fuego enemigo pareceuna traición.
Puede ser que, en algunos casos, la amenaza sea real.
En tales circunstancias, el portador del principio moral se parece a alguien que corre junto a un tren gritando: “¡alto!,¡alto!”
¿Se puede detener el tren? No, no se puede. Al menos no ahora.
¿Acaso otras personas a bordo del tren serán movidos a saltar y unirse a los que están en tierra? Tal vez algunossalten, pero la mayoría no. (Al menos no hasta que cuenten con toda una nueva panoplia de miedos.)
La dramaturgia de ”actuar por principio” nos indica que no debemos pensar si resulta conveniente o si podemoscontar con los éxitos postreros de las acciones que hemos emprendido.
Actuar por principio es, se nos dice, bueno en sí mismo.
Pero sigue siendo una acción política, en el sentido de que no lo estás haciendo en tu beneficio. No lo haces sólo paratener razón o para apaciguar tu conciencia; mucho menos porque confías en que tus acciones alcanzarán susobjetivos. Resistes porque es una acción solidaria. Con las comunidades de quienes tienen principios y con losdesobedientes: aquí y por doquier. Del presente. Del futuro.
La prisión de Thoreau a causa de su protesta contra la guerra estadounidense con México en 1849 difícilmentedetuvo el conflicto. Pero la resonancia de aquella temporada breve y del todo impune de detención (un célebre y único día en la cárcel) no ha cesado de inspirarla resistencia por principio frente a la injusticia a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y hasta nuestra época. Elmovimiento para clausurar el campo de pruebas de Nevada, un sitio clave de la carrera de armamentos nucleares, fracasó en lograr su objetivo a finales de los 80:las protestas no afectaron las operaciones del campo de pruebas. Pero inspiró directamente la formación de unmovimiento de protesta en la lejana Alma Ata en la primavera de 1989, que finalmente consiguió cerrar el campo de pruebas soviético en Kazajistán. El movimiento citaba a los activistas antinucleares de Nevada comofuente de inspiración y expresaba su solidaridad con los nativos norteamericanos en cuyas tierras se localizaba el campo de pruebas.
La probabilidad de que tus acciones de resistencia no puedan evitar la injusticia no te exime de actuar en favorde los intereses de tu comunidad que profesas sincera y reflexivamente.
Así: no conviene a los intereses de Israel ser un opresor.
Así: no conviene a los intereses de Estados Unidos ser una superpotencia, capaz de imponer su voluntad en cualquier país del mundo, a su capricho.
Lo que conviene a los intereses de una comunidad moderna es la justicia.
No puede estar bien oprimir y confinar sistemáticamente a un pueblo vecino. Sin duda es falso sostener que el asesinato, la expulsión, las anexiones, la construcción de muros -el conjunto de lo que ha contribuido a reducir atodo un pueblo a la dependencia, la penuria y la desesperanza- traerá la seguridad y la paz a los opresores.
No puede estar bien que un presidente de Estados Unidos al parecer suponga que tiene el mandato de ser presidentedel planeta, y que anuncie que aquellos que no están con Estados Unidos están con “los terroristas”.
Aquellos valerosos judíos israelíes, en ferviente y activa oposición a las políticas del actual gobierno de su país yque se han manifestado en nombre del apremio y los derechos de los palestinos, están defendiendo los verdaderos intereses de Israel. Los que se oponen a losplanes hegemónicos mundiales del actual gobierno de Estados Unidos son patriotas que hablan en nombre de losintereses superiores de Estados Unidos.
Más allá de estas luchas, merecedoras de nuestra apasionada adhesión, es importante recordar que en los programas de resistencia política la relación de causa y efecto es serpentina y a menudo indirecta. Toda lucha, toda resistencia, es -debe ser- concreta. Y toda lucha tieneuna resonancia mundial.
Si no aquí, entonces allá. Si no ahora, entonces pronto: por doquier y aquí.
Al arzobispo Oscar Arnulfo Romero.
A Rachel Corrie.
Y a Ishai Menuchin y sus camaradas.
Houston, Texas, 30 de marzo de 2003.
Susan Sontag
(vía lavaca)
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