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un visionario entre charlatanes, stanislaw lem sobre philip k. dick

A nadie en su sano juicio se le ocurriría buscar la verdad sobre el crimen en las novelas policiacas. Si alguien busca esa verdad, tendrá que fijarse en Crimen y Castigo. Comparado con Agatha Christie, Dostoievsky es un tribunal de apelación más elevado, pero nadie en su sano juicio condenaría por ello las historias de la autora inglesa. Tienen derecho a ser consideradas las obras entretenidas que son, y la misión que se autoimponga Dostoievsky no tienen nada que ver con ellas.

Si alguien está descontento con la ciencia ficción en su función de examinar el futuro y la civilización, no se puede hacer una comparación análoga entre las simplificaciones literarias y el arte en su máxima expresión, porque para este género no existe ningún tribunal de apelación. Y ello no tendría nada de malo de no ser porque la ciencia ficción norteamericana, explotando su estatus excepcional, asegura haber alcanzado las más altas cimas del arte y el pensamiento. Resulta molesto lo pretencioso de un género que rechaza los ataques de primitivismo aludiendo a su condición de género de evasión, y luego, cuando ha conseguido acallar esas acusaciones, vuelve con bríos renovados a sus pretensiones arrogantes. Al ser una cosa y asegurar ser otra, la ciencia ficción fomenta una superchería que, peor todavía, cuenta con el apoyo tácito del público y los lectores. El crecimiento del interés hacia la ciencia ficción en las universidades norteamericanas, contra lo que se podría esperar, no ha alterado en absoluto esta situación. Con toda franqueza, hay que decir, aunque uno se arriesgue a perpetrar un crimen lesa almae matris, que los métodos críticos de los teóricos de la literatura resultan del todo inadecuados ante las tácticas engañosas de la ciencia ficción. No es difícil comprender los motivos de esta paradoja: si las únicas obras de ficción que trataran la problemática del crimen fueran las de Agatha Christie, ¿a qué clase de libros podría referirse el crítico más erudito a la hora de demostrar la pobreza intelectual y la mediocridad artística de las novelas policiacas? En literatura, las normas de calidad y los límites superiores los establecen obras concretas, no los postulados de los críticos. No hay montaña de elucubraciones teóricas capaz de compensar la inexistencia de material de ficción sobresaliente que tomar como modelo digno. Las críticas de los expertos en historiografía no minaron la situación de la Trilogía de Sienkiewicz (1), ya que no había ningún León Tolstoi polaco para dedicar una Guerra y Paz a la época de las guerras entre cosacos y suecos. Resumen: inter caecos luscus rex… cuando no hay nada de primera línea, su lugar lo ocupará la mediocridad, que se marca objetivos fáciles y los consigue gracias a métodos fáciles.

Un visionario entre charlatanes es el ensayo de Stanislaw Lem sobre Philip k. Dick. Francisco Casavella hable de él en Babelia. Se puede leer entero aquí.

(vía La Petite Claudine)

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