la necesidad de mapas, por gabriel d’iorio. ysinembargo#10. desterrritorialización
Hay algo muy inquietante en este cuadro del pintor argentino Andrés Waissman. El tratamiento de los colores que acentúa el carácter desértico del peregrinar brumoso y fantasmal de la multitud, esa configuración espacial que expresa la ausencia de toda dirección clara, la ilegibilidad, o aún más, la borradura de todo horizonte, el peligro, en suma, de la errancia en el vacío de sentido que parece asaltar al cuadro mismo, hacen de la pintura de Waissman una imagen perturbadora y crepuscular de nuestra vida en común.
La necesidad de mapas forma parte de la serie “La Sombra Colectiva” (1997-1998). A propósito de la misma, la profesora y crítica de arte Elena Oliveras observa: “Waissman siente el espacio no como un terreno firme, sino como una franja de tiempo inestable, amenazado por la desaparición”.
En este sentido, si el espacio no es ya “un terreno firme”, si es pensado como “una franja de tiempo inestable”, lo humano como tal no puede más que perecer, o bien abandonarse a la experiencia de un aprendizaje continuo, al derrotero de una duración a priori insondable y precaria que va delimitando el territorio vital en el mismo emplazamiento que anuncia la trayectoria común.
El cuadro invita a imaginar una traza colectiva que prefigura un territorio singular, único, donde los hombres, lejos de desaparecer bajo la “sombra colectiva”, no cesan de acomunarse en la deriva de un nosotros tan inestable como el tiempo, tan indeterminado como la condición fantasmal de los muchos.
Observemos con mayor detenimiento el trabajo de Waissman: en el cenagoso terreno de lo contemporáneo, parece decirnos, las multitudes perdidas en la arenosa bruma “necesitan mapas”. Pero, agregamos nosotros, esta necesidad de cartografiar lejos está de reclamar aventureros renacentistas o agrimensores estatales. En la impiadosa intemperie del mundo, los otrora itinerarios comunes mandatados por mercaderes y príncipes se revelan hoy inútiles para la vida cotidiana de los seres humanos. De ahí que, más que expresión e iluminación de individuos solitarios o el producto planificado de liturgias nacionales, los nuevos mapas no pueden más que ser el efecto de un largo, conflictivo y sinuoso aprendizaje común de las singularidades.
Perdidos en el día-noche de la ciudad-desierto, los muchos revelan entonces la pulsión intransferible de una inmanencia que traza nuevos territorios. Las multitudes van, migran, abandonan la patria, porque han descubierto la futilidad de ciertas maneras de habitar y entender la patria, ciertas maneras que hacen de la tierra la única patria y de los cartógrafos los técnicos gubernamentales que portan oscuros saberes nacionales. Pero otras maneras y otros saberes, quizás invariantes, hacen de la lengua y la infancia, de los amores y los amigos, de los relatos y las canciones, intensos recuerdos que asaltan el corazón cuando el olvido se olvida del olvido, huellas indelebles de toda patria real e imaginaria.
El carácter cada vez más inestable y fragmentario del tiempo vivido, la imposibilidad de terreno sólido y firme no son más que efectos de una larga transformación cultural: hemos descubierto, quizás tardíamente, que en el centro de la cultura hay, en el más estricto sentido metafísico, nada, ausencia total de sentido último y fundamental. Pero el carácter abismal de este “descubrimiento” que Nietzsche determinó con la lucidez implacable de un pensador esencial de nuestra actualidad, no implica por sí mismo el abandono absoluto del sentido, y Waissman lo sabe.
La necesidad de mapas entonces, no es otra cosa que la única y verdadera necesidad humana: sin mapas la desterritorialización continua del animal humano se rinde ante esas evidencias banales que anuncian a cada paso las formas de una angustia que amenaza transformarse una y otra vez en terror existencial. Si un mapa es la traza precaria que va configurando una existencia, si esta configuración exige ser pensada en la contingencia del viaje compartido, Waissman nos invita a persistir sabiamente en la frontera de los horizontes borrosos, a enfrentar una vez más la fatal ilegibilidad del mundo.
No en vano pues, se han comenzado a levantar muros atroces para conjurar el movimiento inevitable de los muchos que van en busca del tiempo perdido, o mejor aún, para parar la fuerza que sólo portan aquellos que, perdidos en el tiempo, no pueden más que inventar los mapas del futuro, los nuevos y necesarios territorios comunes.
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Una opinión, respuestas o pings
gabriel D´iorio
Gabriel, recién encuentro tu artículo buscando en Google, esta extensa crítica que encierra muchas de las percepciones y pensamientos que dieron forma a todas las obras que fui realizando con los años. “La Necesidad de Mapas” no es cualquier cuadro, es esencial para entender las “Multitudes” que llegarán después, ya sin puertos ni orillas en donde amarrar. Es extraño ver como la realidad se va pareciendo a mis cuadros, como bien decías, que esos paredones dividan civilizaciones y culturas que han sabido convivir por siglos. Que los cortes humanos propicien las nuevas rutas territoriales del mundo, como si una larga hilera de seres humanos dibujara los caminos, creando, no cualquier mapa, el mapa de la nueva civilización.
Me gusta mucho tu trabajo, no se quien sos, ni había visto antes este sitio, pero además de alagarme, que es lo menos importante, he disfrutado leyendo y penetrando con los ojos de otro mi propia obra.
Va un abrazo y me gustaría regalarte un libro, recién publicado, casi retrospectivo. Decime a donde hacertelo llegar o enviame un mail al que dejé y arreglamos.
Gracias.
Andrés
26 Ene, 2007
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