Y SIN EMBARGO magazine

Avatares de la vida. Ninots de UU, Miguel Ruibal, fernandoprats, Nirvana SQ, Leonie Polah, Brancolina, Thomas Hagström, Anna Christina, Thierry Tillier, Ezequiel Ruiz

Seven years of a periodical and independent publication is perhaps both necessary and long enough a time to verify or put into practice a set of ideas, wishes and adventures. YSE closes a cycle, but doesn’t close (neither literally nor metaforically). Seguiremos, pero seremos otros.

On air: YSE #29, LAST/s.

una topografía del amor, por leah leone. ysinembargo#10. desterritorialización

Una topografía del amor: viajando en busca del hogar en Rayuela y Lugares comunes

en realidad después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca mirando desesperadamente para atrás. Es lo que se llama propiamente un lugar común.” Rayuela

La película Lugares comunes abre con el profesor de literatura Fernando Robles escribiendo en su cuaderno; a su lado se encuentra Rayuela, novela seminal de Cortázar. Las dos obras surgen no tanto del mismo lugar como del mismo anti-lugar, la nada. A la novela, y a la película de Aristarain, las protagonizan personajes que han perdido su punto de referencia. Horacio Oliveira en el primer caso, Fernando y su esposa Liliana, en el segundo, se han ido de la Argentina a Europa para volverse años después a un país que sienten extraño.
Paradójicamente, al regresar se dan cuenta de que afuera estaban igual de lejos de su país de origen como lejos se sienten ahora dentro de él. Efectivamente, los tres se encuentran en una tierra de nadie que les obliga a buscar a duras penas un lugar y un estado que se sientan como un hogar propio.
Comparando la novela y la película, uno encuentra las condiciones que provocan el sentimiento de alienación —tanto las que les hicieron salir de Argentina como las que experimentan en el extranjero, y las que enfrentan al volverse— y las medidas que toma cada uno para encontrar, al final, su hogar.

Del lado de allá
En París
Al leer Rayuela, da la sensación que Oliveira nunca se ha sentido fuertemente vinculado a ningún lugar. Alienado de la soberbia de sus tíos que pretendían una “argentinidad acrisolada”, Oliveira desde joven nunca pensaba “defenderse mediante la rápida y ansiosa acumulación de una ‘cultura’” (36). Su relación con la burguesía intelectual porteña le impulsa a un relativismo exagerado; “lo malo estaba en que a fuerza de temer la excesiva localización de los puntos de vista, había terminado por aceptar demasiado el sí y el no de todo” (36).
Para evitar la responsabilidad que conlleva cualquier toma de posición —sea el patriotismo, la filosofía, el amor— Oliveira renuncia a todo; en consecuencia, le es imposible acercarse emocionalmente a casi nada ni nadie. Invariablemente entonces, “en París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más ahincado del amor padecía y acataba la pérdida y el olvido” (36). De esta manera, hay una tensión dinámica a lo largo de la novela entre anhelar a París o a Buenos Aires y paralelamente, entre amar y dejarse amar por los demás, o mantenerse emocionalmente aislado.
Oliveira admite que está conciente del efecto que su socialización en la burguesía porteña habrá tenido en su cosmovisión; pero es de la banalidad de ésta que quiere escapar viajando a París; se radica en Europa para efectuar una ruptura con Argentina. Es importante recordar que Oliveira no se exilia por motivos políticos sino por la enajenación cultural que experimenta. Según Marta Morello-Frosch
El ‘otro’ es enemigo por racional, por rutinario, y en el peor de los casos, por burgués….Se trata siempre de un mundo donde las restricciones aparecen en la forma de convenciones sociales, de costumbres, de rutina, pero casi nunca de represión (256-57).
La fuerza de su decisión de exiliarse voluntariamente profundiza nuestra percepción de lo desamparado que Oliveira se siente aun antes de abandonar la Argentina.
Que la represión política casi no figura en Rayuela hace hincapié en el hecho de que el exilio que experimentó Cortázar es una polémica que todavía se discute. El autor nunca se consideró un exiliado hasta que su obra fue censurada en Argentina. Y aun después, fue muy crítico de los exiliados políticos que no podían concebir su entorno en otros términos, y cuyo arte sólo trataba de la experiencia del exilio. Sin embargo, Kart Kohut escribe que aunque la revolución es poco presente dentro del texto, la alienación que experimenta Oliveira es representativa de la que experimenta todo Latinoamérica bajo regimenes opresivos (265). Cortázar también provoca el sentido de alienación con la forma de la novela; el tener que saltar de un lado a otro hace una la ruptura con la literatura tradicional. De este modo, el lector participa físicamente en los bruscos saltos espirituales de Oliveira.
De todos modos, en medio de toda la desorientación que experimenta, algo de Buenos Aires le tiene anclado tanto a Cortázar como a Oliveira; tomamos en cuenta los títulos de los dos libros que componen la novela: Del lado de allá se refiere a Francia, Del lado de acá se refiere a Argentina.
En varios momentos de su estadía en Francia, Oliveira revela su argentinidad, y su anhelo por el país. Con las defensas bajas en una borrachera con el Club de la Serpiente, se concede un momento de sentimentalismo: “Oh Argentina, horarios generosos, casa abierta, tiempo para tirar por el techo, todo el futuro adelante, todísimo” (175). Y esa misma noche, quejando de la caña que están tomando, Etienne protesta: “Un producto argentino, supongo. Qué tierra, Dios mío.” A que responde Oliveira, “No te metás con mi patria” (179). Tales sentimientos subyacentes entran en conflicto con la necesidad que siente de “consolidar una ruptura precaria” con Argentina (39). Le persigue a Oliveira un núcleo cultural que dicta sus acciones y sentimientos en el extranjero. Pero con el tiempo, se nota como éste le va cambiando.
El padrino cultural de Oliveira bien podría ser Domingo Faustino Sarmiento. En su estadía en Francia, caminado por las calles, Sarmiento escribe,
Je flâne, yo ando como un espíritu, como un elemento, como un cuerpo sin alma en esta soledad de París… El flâneur tiene derecho de meter sus narices por todas partes. El propietario lo conoce en su mirar medio estúpido, en su sonrisa en la que se burla de él, y disculpa su propia temeridad al mismo tiempo. (Sarmiento 23).
Al llegar a París, Oliveira se mantiene alejado de esta práctica: “mis costumbres argentinas me prohibían cruzar continuamente de una vereda a otra para mirar las cosas más insignificantes en las vitrinas apenas iluminadas de unas calles que ya no recuerdo” (23). Pero falta poco tiempo para que le vaya acostumbrando a la vida flâneure. “En esos tiempos leía poco, ocupadísimo en mirar los árboles, los piolines que encontraba por el suelo, las amarillas películas de la Cinemateca y las mujeres del barrio latino” (49).
Al mismo tiempo, su entrada en la vida parisina no es tan bien fundada como quisiera pensar, a pesar de hablar francés perfectamente bien y conocer íntimamente la ciudad. Como describe su (en)amigo Gregorovius, “Horacio es tan sensible, se mueve con tanta dificultad en París. El cree que hace lo que quiere, que es muy libre aquí, pero se anda golpeando contra las paredes. No hay más que verlo por la calle” (148). Hay otros franceses que tampoco le dejan olvidar su condición de extranjero. Un vecino le grita por su falta de educación, de no acatar las costumbres francesas. “On est en France, ici. Des salauds, quoi. On devrait vous mettre a la porte, c’est un honte. Q’est-ce que fait le Gouvernemente, je me demande. Des Arabes, tous des fripouilles, bande de tueurs.” (166).
Como casi todos los inmigrantes del mundo, Oliveira y sus compañeros son vistos como canallas sin respeto para la ley ni la cultura. Lo que es más, con que el señor les diga “árabes,” clasificándolos sin considerar sus orígenes, Cortázar comenta la tendencia de la gente “original” de un lugar de agrupar a todos los “otros” en un grupo sólo, negándoles así una identidad propia dentro de la nueva tierra.
El hecho de destacarse, de ser otro, no es suficiente para evitar que Oliveira siga cambiando de acuerdo con su entorno. A pesar de que viajar expone a luz crítica la sociedad argentina (con sus valores, cultura, costumbres), al mismo tiempo él ya está moviéndose dentro de otra sociedad con todo lo que conlleva. A medida que Oliveira se extrae de su hogar, le va cambiando el criterio con el cual lo puede criticar, mientras adquiere más y más rasgos de su sitio actual. Este desplazamiento cultural hace que ningún gesto de liberación ideológico, ningún breakthrough teologico sea absoluto (Van den Abbeele xiv). Dado que esta ambivalencia es la condición natural de Oliveira, su sentido de pérdida y de perdido es aun más agudo.
Los cambios no le pasan a Oliveira desapercibidos “[E]stoy yo un argentino afrancesado (horror horror), ya fuera de la moda adolescente, del cool, con las manos anacrónicamente Etes-vous fous?” (112). La distancia temporal efectuada por su distancia espacial resulta en que Oliveira no puede cambiar de acuerdo con la moda argentina; la falta de contacto con su cultura le hace sentir un anacronismo ajeno. Sabe que su hogar ha cambiado sin él: “¿de qué hablan los muchachos de mi país? No lo sé ya, ando tan lejos” (112-13).

En Madrid
Si Oliveira abandonó Buenos Aires por motivos culturales, Fernando y Liliana lo hicieron por cuestión de supervivencia. En Lugares comunes, los dos regresan a Madrid en 2002 —después de haber estado allí años antes en exilio político— para visitar a su hijo, Pedro. Este sufre otro tipo de exilio, el exilio económico impulsado por la crisis bancaria del 2001.
Como dice Fernando, “aunque solo habíamos vivido seis años en Madrid, después de que en el ‘76 los milicos nos invitaron a exiliarnos si queríamos seguir vivos, sentimos que no éramos turistas, que la ciudad seguía siendo nuestra.” Dejaron España como un país en tacto, que les había sido un hogar ameno y del cual guardarían buenas memorias. A la vuelta en 2002, Fernando y Liliana, ven a Madrid con los mismos ojos. Han podido volver espacialmente a un lugar que les seguía libre del sentido de pérdida y decepción que experimentaron al volverse a la Argentina en ’83. Aparte del riesgo implícito en el viaje tanto del cambio del hogar como del viajero, Van den Abbeele sugiere, “[o]r one can simply lose one’s way, since the possibility of there being no return is always implied in travel. Every voyage is potentially a voyage into exile” (xvii). Y como veremos, esta amenaza no siempre termina al volverse uno a su país. Fernando O. Reati explica la experiencia de Fernando y muchos exiliados regresados:
La sensación de extrañamiento, de alienación, de no pertenencia –en pocas palabras de ‘insilio’ o exilio interior- que viven muchos ex presos y/o ex exiliados, que en el presente neoliberal y desideologizado al partir de los noventa, se sienten como fantasmas errantes de un tiempo para siempre perdido” (185)
Fernando revela tal sentimiento de extranjería, explicando a Pedro su jubilación forzada de la Universidad de Buenos Aires donde era profesor de literatura: “me cansé. Desde hace un tiempo me ha dado la sensación de que hablo al pedo, de que a ninguno le importaba demasiado lo que yo les decía”. La ideología revolucionaria que le forzó a huir de la Argentina en 1976 sigue vigente como una válida base para su cosmovisión. Pero su inclinación izquierdista ya no tiene lugar en la nueva democracia. Pidió al rector de la facultad que le iniciara una petición de extensión, pero entre otras cosas que tendría que incluir en la solicitud figuraba la ideología. Como Fernando no es peronista ni radical, el rector le pregunta “¿Qué puedo poner en el informe? ¿Anarco, marxista, zurdo?…me suena antiguo.”
Ni Fernando ni Liliana consiguen trabajo en Buenos Aires después de la jubilación forzada. Lamenta Fernando, “nos dijeron que estábamos fuera del mercado. Estábamos fuera de la rueda, fuera del sistema, fuera de todo. Estábamos afuera—excluidos, prescindibles, descartables–.” Aunque estaban en Argentina, ya no pertenecían.
La ilusión de libertad que tienen en Madrid dura poco; aunque la ciudad sigue suya, no pueden desenvolverse en la vida de ella, más que a un nivel superficial. A pesar de tener a Pedro y sus nietos allí, no se sienten en casa; Pedro y su esposa ya se han integrado a la vida cotidiana en Madrid, mientras que sus padres están en un estado artificial de limbo.
Lo que es más, la sensibilidad marxista de Fernando se choca contra el consumismo del “primer mundo” que se ve personificado en su hijo. Intentando convencerle a su padre que venga a vivir a Madrid, Pedro le dice “Este es otro mundo. Es un país en serio. Tengo una casa, dos coches, sé que los chicos van a poder estudiar lo que quieren y donde quieren. No puedo pedir más”. Fernando reacciona fuertemente contra la percepción de su hijo, quien parece haber abandonado con tanta facilidad el país del que él fue echado violentamente durante la dictadura:
“Te gusta o no sos un exiliado y un sudaca que le está quitando un trabajo a algún gallego desocupado” le acusa Fernando.
“Yo no soy ningún sudaca.” responde Pedro, “Soy español, tengo la nacionalidad española.”
“Sabés por dónde paso esto de la patria y la bandera y la escarapela. Vos te vendiste, Pedro. Vos renegaste de tu país por que te conviene. Vos no sos español. Sos otra cosa.”
Precisamente qué es esa otra cosa es la pregunta ubicua, no solo para Pedro sino para sus padres, y de extensión, para Horacio Oliveira.

El mal-estar: suspendidos entre Europa y Argentina

Con el tiempo, el punto de origen, Buenos Aires, ya no sirve como el punto de referencia trascendental que define todos los otros lugares del mundo en referencia a ello, pero París tampoco llega a cumplir la función de guía. A esa falta de orientación la llamo “mal-estar” ya que los viajeros que la sufren no se sienten bien ubicados en ningún punto del mapa en que estén. El viajero hace su trayectoria pero nunca llega más cerca ni más lejos porque no existe un punto domesticado alrededor del cual puedan orientarse.
Con un elemento profundamente argentino, el mate, que es una especie de anomalía cultural en París, Oliveira en vano intenta ubicarse: “este matecito podría indicarme un centro…Y ese centro que no sé lo que es, ¿no vale como expresión topográfica de una unidad?” (99). Pero el mate no puede servir de referente topográfico, ya que está siempre con él. No puede haber viaje si uno no deja su punto de origen; de su propia persona le es imposible escapar, aun cuando quisiera. Como queja Oliveira: “Cómo cansa ser uno mismo. Irremisiblemente” (227). Con la vista crítica de la Argentina que se disuelve cada vez más dentro del contexto francés, se desespera de su condición de alienado cultural y emocional; Oliveira siente fracturado, “que había hecho pedazos su casa, que dentro de él nada estaba en su sitio” (94).
Al final de su tiempo en París, Oliveira llega a la locura como consecuencia de perder el punto de referencia al viajar. Viviendo en las calles en una borrachera constante, se liga con la clocharde, una mujer vagabunda con mucha experiencia en la calle. Narra Cortázar que a ella “le caía muy bien el nuevo [Oliveira], aunque en el fondo sabía que no era nuevo”. Los gestos, el ánimo, lo poco que le importa nada le hizo evidente a la clocharde que Horacio, a pesar de haber tenido techo, llevaba años sin hogar.
Para los exiliados políticos, el extrañamiento es aún más desorientador. Como escribió Cortázar: “L’exil est l’interruption du contact d’un feuillage et d’un enracinement avec l’air et la terre connaturels ; c’est brusquement comme la fin d’un amour, c’est comme une mort inconcevablement horrible car c’est une mort que l’on continu à vivre consciemment” (“Exil”116). La amargura que sufren los exiliados al ver que los ideales por los que fueron echados de su país han sido terminantemente descartados agudiza la problemática de la identidad.
Al comentar la nostalgia, Aristarain revela lo profundo que puede afectar la pérdida de un hogar por los cambios radicales que ocurren mientras el exiliado está afuera. Los ejemplos a continuación son interesantes porque involucran argentinos que se exiliaron en Madrid con la dictadura del ’76, regresado a Argentina después del retorno a la democracia en ‘83, y luego volvieron otra vez para Madrid para razones no políticas. Este salto de rayuela les permite una vista de la Argentina que consolida su decepción y su desamparo. En otra película de Aristarain, Martín (Hache) un padre, Martín, quiere convencer al hijo que le ha venido a visitar desde Buenos Aires a que se quede con él en Madrid:
Eso de extrañar, la nostalgia y todo eso, es un verso. No se extraña un país. Se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañas si te mudás a diez cuadras. El que se siente patriota, el que se cree que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento…uno se siente parte de muy poca gente, tu país son tus amigos…[Argentina] no es un país, es una trampa.
La perspectiva de la Argentina que le da a Fernando su estadía en Madrid también le amarga su concepto de la nación. Pedro, aun después de que su padre le acuse de renegar de su país, viene a despedirse en el aeropuerto cuando Fernando y Liliana se vuelven a Buenos Aires. “Yo me siento un traidor, que no me fui, me escapé.” admite Pedro. Pero le responde enfáticamente Fernando:
¿Traíste a quién? Vos no te fuiste, te echaron, como me echaron a mí, como siguen echando a todos los que se van. Tu país se murió, se acabó, no existe. Así que dejate de joder con la nostalgia y tratá de ver las cosas como son. No te dejan vivir, tenés que sobrevivir. No te sientas culpable de nada. Cuando se trata de seguir vivo, no hay reglas Pedro. Las reglas las borraron. Vale todo…
Tanto para Martín como para Fernando, la Argentina ha dejado de existir. Fernando cambió su tono hacia Pedro, concediendo que uno no puede renegar contra un estado que no existe. Es sólo desde Madrid que reconoce que su lugar de origen se borró del mapa.

Del lado de acá
Buenos Aires
A veces, es volver a casa lo que puede ser más desorientador de un viaje. Cuando Fernando y Liliana regresan a Buenos Aires en el 2002 se dan cuenta de que “Tuvimos que regresar para darnos cuenta de lo bien que lo habíamos pasado en Madrid. Al volverse de un viaje uno tiene la secreta esperanza de que algún milagro puede haber hecho que todo sea distinto.” O en otras palabras, que el milagro hiciera que Argentina otra vez más le fuera un lugar reconocible, que se sintiera nuevamente como una patria. Fernando y Liliana saben que se sentían mejor en Madrid, y sin embargo se habían vuelto temprano a Buenos Aires por no sentirse en casa cuando estaban allí. El mal-estar les acompañó de vuelta, provocándoles preguntarse “¿Qué carajo seguíamos haciendo acá?”.
Oliveira vuelve a la Argentina sin la experiencia de haberlo hecho anteriormente. Se queda con sus amigos Manolo y Talita Traveler y con ellos empezará una relación ahogadora en la que buscará una posibilidad de recobrar un hogar. Pero Oliveira queda igual de partido entre Europa y Argentina como Fernando y Liliana:
Al principio Traveler le había criticado su manía de encontrarlo todo mal en Buenos Aires, de tratar la ciudad de puta encorsetada, pero Oliveira les explicó a él y a Talita que en esas críticas había una cantidad de tal amor que solamente dos tarados como ellos podían malentender sus denuestos. Acabaron por darse cuenta de que tenía razón, que Oliveira no podía reconciliarse hipócritamente con Buenos Aires, y que ahora estaba mucho más lejos que cuando andaba por Europa (254).
“A veces se me ocurre que no tendrías que haber vuelto,” Traveler le dice a Oliveira. “Vos lo pensás…” responde, “Yo lo vivo” (307).

Redefinir el mapa

En Lugares comunes y Rayuela, prevalece una profunda melancolía. Tan angustioso es encontrarse en caída libre sobre la tierra de nadie, que la idea de que perder el hogar pueda resultar en la locura o aún en la muerte no parece ninguna exageración. La sensación de desorientación era igual a la que expresó Eloy Martínez durante sus años en exilio: “me sentía suspendido de la nada: sin espacio, en ninguna parte, inexistiendo” (“Lenguaje” 192). Al mismo tiempo, el instinto del ser humano no sólo de sobrevivir pero de organizar y orientar su existencia motiva una búsqueda ardua para establecer un punto fijo al que uno sienta que pertenece.
Para escapar de las dolorosas memorias que prohíben que Oliveira encuentre un hogar dentro de París la autodestrucción sirve como limitador de las posibilidades domesticas. “A la Maga y a mí nos ocurre a veces profanar nuestros recuerdos;” esa destrucción sirve paradójicamente como herramienta de supervivencia. “Tengo que insistir, explicarle por qué quiero tanto a mis tíos, por qué sólo a veces, cuando estamos hartos de las calles o del tiempo, me ocurre sacarles los trapos a la sombra y pisotear los recuerdos que todavía me quedan de ellos” (562). Con profanar y pisotear las memorias que tiene de Buenos Aires, evita el dolor de la nostalgia pero no el del vacío cultural.
En su intento de eliminar las memorias que dolorosamente le recuerdan de su propia argentinidad, Oliveira busca a París para propiciarle alguna señal de dónde se puede hallar un lugar común. Nota Gregorovius, “El anda por aquí como otros se hacen iniciar cualquier fuga…Adivina que en alguna parte de París, en algún día o alguna muerte o algún encuentro hay una llave; la busca como un loco” (155). En su relación con la Maga, con Pola, en el Club de la Serpiente, en el jazz, en las calles de París, Oliveira busca algo que pueda transformarle y hacerle sentir bien ubicado en el mundo. Notablemente, siempre espera que sea el objeto o la experiencia que pueda darle algo a él, sin que él tenga que participar, compartir, o dar algo en cambio, que recuperar un hogar es tan fácil o simple como abrir un cierre con una llave. El lugar común se halla en el pasado, pero Oliveira rehúsa la construcción de una historia mutua con nadie; queda siempre con la expectativa de que las experiencias le ocurrirán a él sin el labor de él participar en su creación.

La topografía del amor
La angustia de sentirse sin un hogar también afecta a Fernando y Liliana. Los saltos de la pareja entre Madrid y Buenos Aires también les desorientan; cuando están en un lugar, prefieren estar en otro. Y sin embargo, ellos no se pierden para siempre. En un dialogo entre Liliana y su nuera, se revela cómo la primera lidia con el exilio permanente. Liliana nació en España, y por lo tanto su nuera está convencida de que ella preferiría vivir en Madrid.
“A mí me da igual allá que acá.”
“¿Cómo te va a dar igual? ¡Esta es tu tierra!”
“Yo viví siempre exiliada. Con mis padres fuimos de Lérida a Francia cuando yo era pequeña, y luego a la Argentina así que nunca supe lo que era la nostalgia. Llegué allá con veinte años, es mucho tiempo pero no me siento argentina. Mi tierra es mi marido.”
Aristarain revela a través de sus películas la única manera eficaz entre las que hemos visto para encontrar un hogar. Como en Martin (Hache) cuando Martín padre dice “tu país son tus amigos,” es sólo en el acto de querer y sentirse tan próximo a otra persona como para tener un lugar común a que recordarse juntos, que uno puede hallar su hogar. Mirando con “la cara en la nuca,” el lugar común se deriva de un pasado que un grupo de personas han vivido juntos. Es un punto fijo en el mapa porque no se puede borrar lo que ha transpirado. El amor, el entendimiento, el compromiso que surgen de las cosas vividas juntos proporcionan un lazo suficientemente tangible para constar un hogar, y un hogar que pueda existir y llevarse a cualquier parte del mundo.
Es sólo allí conviviendo con los Traveler, que Oliveira toma en cuenta que el amor podría ser el camino hacia el hogar. Lo sospecha, pero está tan trastornado emocional y psicológicamente que no sabe cómo alcanzar algo parecido. A Oliveira le fascina la conexión íntima que hay entre Traveler y Talita, pero no puede admitir que es exactamente lo que él anhela. Intenta disuadirse, convencerse que sólo le interesa su intimidad para conocerles mejor, pero se atropella por su propia contradicción, de no dejarse estar ni allá ni acá. Por una parte, rehúsa pensar en París o siquiera pensar en francés para evitar el recuerdo de su relación con la Maga que fracasó por no poder con el amor, y ahora, con intentos bastante inapropiados, hace todo que puede para entrar en intimidad con los Traveler.
Anteriormente, en París, Oliveira supo de alguna forma que querer a los demás le podría proveer un lugar común; pero prefería dejar a la Maga que enfrentar las implicaciones de la intimidad. Gregorovius comenta a la Maga las búsquedas malogradas que Oliveira hacía en París: “busca la luz negra, la llave, y empieza a darse cuenta de que cosas así no están en la biblioteca. En realidad usted le ha enseñado eso, y si él se va es porque no se lo va a perdonar jamás” (155). La Maga le ha mostrado que conseguir un hogar requiere trabajo, compromiso y participación: requiere el amor. Horacio está sólo porque repudia aproximarse a los demás: “’Si se me acaba la yerba estoy frito’ pensó Oliveira. ‘Mi único dialogo verdadero es con este jarrito verde’” (98). Con este símbolo de argentina que se halla tan fuera de su contexto, Oliveira llega a comunicarse íntimamente, pero sólo consigo mismo.
En el momento en que baja sus defensas –cosa que sólo le era posible al perder el sano juicio– Oliveira experimenta el efecto domesticador del amor. Confunde a Talita con la Maga, y el amor que siente, derivado de su propia locura, de repente le destalla la confusión.
Sentía como si se estuviera yendo de sí mismo, abandonándose para echarse—hijo (de puta) pródigo—en los brazos de la fácil reconciliación, y de ahí la vuelta todavía más fácil al mundo, a la vida posible, al tiempo de sus años, a la razón que guía las acciones de los argentinos buenos y del bicho humano en general (349).
Pero efectivamente, Talita no era la Maga, y ella no estaba dispuesta a jugar a que sí. Se da cuenta Oliveira que la Maga era la única persona con la que podría crear un lugar común y que tal cosa ya era imposible. “A Oliveira le iba a doler siempre no poder hacerse ni siquiera la noción de esa unidad que otras veces llamaba el centro” (360).
Lo único que le queda a Oliveira es el viaje final. A través de la muerte, Oliveira por fin podría llegar a su punto de origen: la inexistencia. Ya no ve ninguna otra posibilidad para su vida. Antes de tirarse por la ventana le dice a Traveler:
Una sola cosa sé y es que de tu lado ya no puedo estar, todo se me rompe entre las manos, hago cada barbaridad que es para volverse loco suponiendo que fuera fácil. Pero vos que estás en armonía con el territorio no querés entender este ir y venir (375).
Le explica que le es imposible sentirse que está en cualquier lugar, que cada vez que entra en cualquier cultura, sale por otro lado, ni siquiera rozando la realidad cultural de los demás. Por su propio egoísmo, exacerbado por la profunda alienación que le provoca todo ambiente, sea París o Buenos Aires, el circo o el manicomio, Oliveira jamás se permite anclar por el amor del prójimo, y por lo tanto nunca llega a su hogar. Fernando y Liliana por otra parte sí lo encuentran; cuando el hogar de uno se borra del mapa, la posibilidad de recuperarlo reside exclusivamente en la capacidad que tiene uno de amar los seres queridos para adquirir con ellos las experiencias compartidas que construyen el lugar común.
Lo que es una tragedia para Oliveira resulta en una obra que, al contrario de su protagonista, logra un éxito total. Como dice Eloy Martínez de las ficciones de viaje: “Ciertos hombres se vanaglorian de haber llegado, y en ese punto es donde se pierden. Porque la vida es una flecha disparada hacia cualquier parte, y sólo se salvan los que jamás alcanzan el blanco (“Apuntes” 217).
Lugares comunes trata de manera muy conmovedora la condición de “insilio” que se encuentra frecuentemente en la literatura del Cono Sur de los últimos quince años. En autores como Luisa Valenzuela, Mario Bendetti, Cristina Peri Rossi y Ariel Dorfman las cuestiones del exilio, del mal-estar y de la identidad de la nación siguen vigentes. La película de Aristarain ofrece una manera posible de lidiar con la fuerte sensación de extrañeza que subyace en la sensibilidad sureña. El hogar, para él, construido por el amor puede hallarse en cualquier parte del mundo. Si afectivamente, Horacio Oliveira nunca llega a este destino, artísticamente, Cortázar logró con Rayuela una obra magistral que seguirá siendo fundamental para las letras hispanoamericanas. La novela, como su protagonista, también existe en un estado de viaje permanente, cumpliendo su trayecto a través de la historia literaria. Pero encuentra un hogar cada vez que nosotros nos aproximamos a ella.

Citas
Common Ground. Dir. Adolfo Aristarain. Perfs. Federico Luppi, Mercedes Sanpietro, Arturo Puig. DVD.
Tornasol Films, S.A. 2002.
Cortázar, Julio. “Amérique Latine: Exil et literature”. Littèrature latino-américaine d’aujourd’hui: Colloque de Cerisy. Ed. Jacques Leenhardt. Paris: Union Générale d’Eds.,1980. 113-123
—–, Rayuela. Madrid : Ediciones Alfaguara, 1987.
Kohut, Karl. “El escritor latinoamericano en Francia: Reflexiones de Julio Cortázar en torno al exilio”. Inti: Revista de Literatura Hispanica, 22-23, (Fall 1985): 263-280.
Martín (Hache). Dir. Adolfo Aristarain. Perfs. Federico Luppi, Cecilia Roth, Juan Diego Botto. DVD. Tornasol Films, S.A. 1997.
Martínez, Tomás Eloy. “Apuntes de viaje”. La otra realidad. Ed. Christine Mattos. Buenos Aires: Tierra Firme. 215-217
Reati, Fernando O. “Exilio tras exilio en Argentina: Vivir en los noventa después de la cárcel y el
destierro”. Aves de paso: Autores latinoamericanos entre exilio ytransculturación (1970-2002). Ed. Birgit Mertz-Baumgartner & Erna Pfeiffer. Madrid: Iberoamericana, 2005. 185-96.
Sarmiento, Domingo Faustino. “Flâner”. El relato de viaje de Sarmiento a Umberto Eco. Ed. Jorge
Monteleone. Buenos Aires: Libreria Editorial El Ateneo, 1998.
Van den Abbeele, Georges. Travel as metaphor : from Montaigne to Rousseau.
Minneapolis: University of Minnesota Press, c1992