promesas del este, cronenberg
Aquí existe un problema de direcciones. A la mención del Este unos entienden esa vasta estepa ex soviética consumida en la censura, pero que ocupa líneas y líneas periodísticas. Al encabezado de David Cronenberg, otros interpretan cine marginal, extraño, rarito, del que se dice consumir, pero en el que no se ve nada, aceptable porque su fama se acompaña de una etiqueta comercial que no puede ser perjudicial del todo. Por eso ambos grupos aguardan continuación, reafirmación, que el sol se ponga por el mismo lado, y reaccionan bajo la tendencia generalista al comprobar que los rayos escoran de otra manera. En realidad Cronenberg nunca dio un giro radical con “Una historia de violencia” (2005) porque ya lo daba a cada nuevo largometraje. Y si ahora ha plantado las suelas en la dirección contraria para clavar su aguda mirada en el Oeste –sí, lo occidental es el eje del análisis–, no se trata de la redención del enfant terrible, sino del mensaje puro que revela aristas más hirientes en el amplio género dramático que en la concreción y la seguridad del fantástico. Sus películas más accesibles, cargadas aun así de complejidad moral, a causa de un público que decidió asumir de una vez el universo humano y pesimista del director, quien debería carcajearse de la inmensa ironía que suponen sus nuevos abrazos populares, evidencia de esa verdad que él lleva años intuyendo: el sadomasoquismo de una especie que pone nombre a la nada.
En la nada se quedan las promesas que jóvenes –y no tan jóvenes– traen a Occidente como únicas cartas de recomendación, como señuelos de ratitas presumidas. La esperanza se trastoca en una urbe de prostitutas y borrachos que el realizador ensucia con viviendas antiguas, cuartos desnudos de decoración, azulejos ocres que algún día fueron blancos y empedrados húmedos por la repetitiva lluvia londinense. Espacios que no pueden ofrecer ningún reflejo ni capturar el más mínimo impacto lumínico, lo que obliga a los personajes a pasear solitarios y perdidos, aferrados a la imposibilidad de cambiar un clima árido para el alma y los huesos. Encontrar otro ser rasgado –de las heridas cronenbergianas surge la vida– es el único modo de reaccionar ante tal apnea existencial, y Anna (Naomi Watts) lo halla en Tatiana, o mejor dicho en las páginas transcritas de su diario, cuyas palabras flotan sobre determinadas escenas sin que sirvan de hilo narrativo, más bien de caricia desgarradora para el espectador cuando el silencio empieza a frenar la respiración.
Sin embargo, Anna habla, y mucho, respondiendo a una ética de benevolencia y valentía que no está en manos de la lógica de la supervivencia actual, y que tropieza con un opuesto libre de estereotipos: Nikolai (Viggo Mortensen), un chófer con ínfulas de mafioso que encarna al murmullo de la corriente tras su máscara de descreimiento y pasado tabú. Aunque el guión resulta más prolijo que el de “Una historia de violencia”, en manos de alguien superado por el contexto social la historia se habría enfangado en el peligro de una emoción a veces difícilmente contenible. La pericia de Cronenberg al manejar material violento –no exento de dobleces psicológicas y oscura belleza visual, presente de manera reciente en “Spider” (2002) o “Crash” (1996)– consigue invertir los presupuestos melodramáticos, alargando lo indeseable y acortando, con tijera de parca, los momentos de mayor cercanía para el espectador –es de reconocer el velado homenaje hacia el cine y las series de mafias, máxime en los tópicos de indumentaria, lugares de asesinato, sangre fría y morbo inexistente en los ejecutores, y el gesto de Nikolai al juguetear con un objeto en su mano derecha–. Porque si el director es el dios de sus películas, éste sabe que querer y mimar a sus criaturas no es antónimo de darles el destino fatal que merecen.
El tan celebrado Viggo Mortensen no es invento del cineasta, pero gracias al magnífico sabor de la experiencia previa se puso en marcha este proyecto que aleja al actor del heroísmo impasible y cuestiona su físico disciplinado mediante sus mejores armas, el gesto torcido y el silencio. Se agradece que la comunicación provenga de lo intuido y aun así obvio, feedback retroalimentado por la quebrantable gelidez de Naomi Watts –algo encasillada en papeles de mujer triste y solitaria– y el contrapunto excéntrico de Vincent Cassel, amén de un Armin Mueller-Stahl que haría las veces de un William Hurt felizmente aposentado en su corrupción. Los pulidos acentos anglo-rusos se despojan de su fácil manejo como murallas interculturales y pasan a formar parte de la galería de pruebas acerca de la similitud existente entre personajes tan dispares, tatuados por emblemas divergentes, ahora que las mezclas son un hecho y que juzgar a un hemisferio, continente o país desde otro resulta tan ambiguo como inútil para un director que ve verdades universales en casos particulares, invisibles para la prensa.
Si “Una historia de violencia” venía a insinuar que nuestra capa de cotidianidad se fundamenta sobre instintos nunca reprimidos ni reprimibles, “Promesas del Este” manifiesta bajo la misma –dolorosa, escasa– sensatez que el futuro tiene sus hombros rígidos al lado de la espalda social, del mal barrio, del grupo peor visto, de la represión y la renuncia. Pocas personas estarán dispuestas a luchar contra ello y a arrancar destellos de un mundo opaco, postura ardua que Cronenberg no niega ni ensalza; antes que redactor de sobrias lecciones morales, retratista de contradicciones que deja en nuestras manos –pues el bien y el mal, el nativo y el extranjero, tienen rasgos muy parecidos y no podría asegurarse quién come de un lado o del otro, quién con sus familiares en una inocente hamburguesería y quién con la “familia” en un reservado de lujo–. Y si todo eso no es suficiente para sentir la calidez del frío, Cronenberg reserva tras su pulso in crescendo un clímax anticlimático que confirma su conexión a los finales más desoladores, hermosos, incómodos y sobrios de los últimos dramas. Al margen de la estúpida política de los premios, una estrella tatuada por sí misma.
(Crítica de Almudena Muñoz Pérez para La Butaca)
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Una opinión, respuestas o pings
RV
… dicho lo cual, sólo resta hacerse un tiempo y verla. Almudena,
invariablemente,
hace de su oficio un gesto de excelencia.
Congrat’s!
16 Oct, 2007
Responder a “promesas del este, cronenberg”