pepo m., du-champ-i-ssue
Me pasa siempre que entro en un museo o en un espacio que han convenido (quien sea, nunca les he conocido y nunca están a mano cuando se tienen preguntas) calificar como artístico: Sueño con encontrar todas las paredes vacías, en blanco. Todos los suelos limpios, sin nada expuesto. Todos los techos vacíos, agotados, sin nada en lo que fijarse. Sólo las luces de siempre proyectando su estudiadísima claridad en el vacío más absoluto, en el blanco de la pared, en la nada más desasosegante. Pagaría con entrar en el Museo del Cero, en la exposición definitiva de Las Paredes Sin Nada, la Retrospectiva del Vacío Absoluto, sólo para ver cómo (estoy seguro) muchos estarían convencidos de que lo que observan responde a la voluntad de algún artista (cualquiera, especialmente con un nombre imposible de pronunciar) vanguardista, que, (¡claro!) ha querido “que pensemos que ahí no hay nada”, pero que no ha podido engañar a los más astutos que ven su genio, su maestría, su dominio del blanco, de la nada, del vacío, como una expresión ajustada y magnífica del tiempo presente. Y se retorcerían de placer ante la buenísima idea de una obra que recreara una pared, con sus medidas, sus luces, su blanco y su gotelé. ¿Y cómo así? Porque estamos deseando creer. Porque no podemos permitirnos la idea de entrar en un “espacio del arte” y encontrar sólo vacío, mentiras, engaño. Porque si eso fuera así, no quedaría nada en lo que creer, nada a lo que asirse como un escalador a su cuerda. Si todo lo que está dentro de un museo es arte, cuando no cuelgue nada, ¿seguirá siendo museo?
(Por Pepo M. para Y SIN EMBARGO magazine #16)
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