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thomas bernhard, geografía del frío

Por © Cristina Sánchez-Andrade

Todo esto hace que en los climas fríos el hombre tenga más conocimiento de la propia superioridad, menos rencor, menos deseo de venganza, menos doblez, menos astucias, en fin, más fineza y más franqueza.
( El Espíritu de las Leyes. Montesquieu )

En cierta ocasión dijo Thomas Bernhard que él no escribía para zoquetes a los que hubiera que servir todo en bandeja, « ahí crece la hierba, ahí hay un naranjo con naranjas, y las naranjas son al principio verdes, luego se vuelven amarillas y por fin se ponen naranjas » ya que él, cuando escribía, siempre había tenido la impresión de que « estaba en un lugar que todo el mundo conocía y que, por tanto, se ahorraba el resto ».

Estas palabras, pronunciadas en el curso de una entrevista que tuvo lugar en España, son muy significativas para conocer la filosofía de este autor austriaco. Por un lado, expresan su voluntad - que no sólo puede ser considerada como estilo literario sino también estilo de vida- de rentabilizar, de omitir por completo las cosas que todo el mundo sabe ( « sólo estorban, carecen de interés. Los procesos interiores, que nadie ve, son lo único interesante en la literatura » ). Por otro, nos sitúan en un punto de partida. Porque si todo libro está instalado en un paisaje –dicen que en el paisaje de la infancia- ese lugar que todo lector de Bernhard reconoce al adentrarse en sus libros es, sin lugar a dudas, el paisaje del frío. Helada, El sótano, El frío, El aliento, En las alturas, son algunos de sus títulos que inmediatamente nos remiten a esta geografía.

Con todo, no hablo de paisaje en el sentido estricto del término, de paisaje como documento aséptico de una realidad determinada, tan presente en el naturalismo literario austriaco y alemán del siglo XIX. Hablo del paisaje interior. Del frío como falta de afecto y de cariño, del frío como « aislamiento, extravío, solilocuacidad mortal ». Del frío como enfermedad. La trayectoria literaria de Thomas Bernhard es desde sus comienzos un claro exponente de la llamada literatura Antiheimat o antirregional en la que se invierte el motivo de la patria y el paisaje idílicos, a una naturaleza cruel y destructora que, desde la intimidad de la conciencia, desde ese frío incubado en la infancia, conduce indefectiblemente a la aniquilación. Los también austriacos Sigmund Freud, Arthur Schnitzler o Robert Musil ya habían abierto brecha en este sentido.

En un intenso y magnífico pasaje de la novela Trastorno de 1967, el príncipe Sarau, un noble decadente y patético pero inequívocamente genial, que vive en el gélido castillo de Hochgobertnitz, dice así: « En el mundo hay caracteres totalmente distintos que, de forma totalmente independiente entre sí evolucionan en función de las circunstancias climáticas. De muchos se puede decir que se han criado en una casa seca; de muchos, que en una húmeda, una calurosa, una fría.

Se podría decir de muchos : en casa de sus padres hacía frío ; de muchos otros : proceden de un hogar seco (…). Hay filosofías que podrían surgir en casas secas, pero no en casas húmedas, construcciones intelectuales que tienen su origen en unas paredes frías. ( …) Sin embargo, de nada sirve dejar el edificio que lo aniquilará a uno, salir de Hochgobernitz, por ejemplo; Hochgobernitz lo rodea a uno donde quiera que vaya, sea Londres o París, lo aplasta a uno. Marcharse muy lejos no tiene sentido (…) El frío está dentro de mí, de modo que da igual a dónde vaya, el frío entra en mí conmigo. Me congelo de dentro afuera. »

Partiendo de estas palabras, me propongo acercarme a Thomas Bernhard y a su obra analizando hasta qué punto su filosofía y sus circunstancias vitales tuvieron origen en « unas paredes frías ». Hasta qué punto él mismo, consciente de ello, huyó de su patria buscando la calidez de otros países como Italia y España para finalmente, poco antes de morir, retornar a Austria.

Cuando a finales de los sesenta, se comienza a indagar sobre su vida poco se sabía de Thomas Bernhard: « que era un hombre solitario que no concedía entrevistas ni se dejaba fotografiar, que vivía recluido en una especie de « granja fortificada » en un perdido pueblo austriaco, que estaba muy enfermo y que había tenido una vida atroz », nos dice Miguel Sáenz, su biógrafo y traductor. En 1990 aparece su primera biografía en Francia. El comienzo dice así: « Thomas Bernhard. Austriaco. Realiza estudios de violín y canto, interrumpidos, en su juventud, por la tuberculosis. Fue musicólogo, actor, cronista judicial, poeta. Y, a partir de los treinta años, con fervor exclusivo, novelista y dramaturgo ».

Hoy los manuales de literatura, además de situarlo entre los escritores de la « nueva subjetividad » ( esa corriente literaria de los años 70 que se plasma en textos que aúnan la experiencia social e individual y a la que también se adscriben los austriacos Peter Hanke o Elias Canetti ) dicen que fue actor, músico, articulista, biblitecario, poeta, dramaturgo…

Thomas Bernhard nace un gélido 9 de febrero de 1931 en Heerlen ( Países Bajos ), una zona minera en donde, debido al terreno y según él mismo contó, « las casas están torcidas pero las cortinas cuelgan derechas », ciento doce años después de que Schopenhauer publicara El mundo como voluntad y representación, diecinueve años después de que Trakl diera a conocer su desgarrado poema De profundis, o veintiún años antes de que falleciera el noruego Knut Hamsum, por citar a alguno de los autores que más tarde le influirían. O, lo que es más importante, dos años antes de que el Nacionalsocialismo llegara al poder y siete antes de que Austria fuera anexionada por Alemania.

La madre, Herta Bernhard, al quedar embarazada sin estar casada, se ve obligada a huir a un convento para « madres caídas » que es donde da a luz. En Un niño, último de los cinco libros que componen su autobiografía, Bernhard describe las relaciones con su madre: « Cuando ella me veía, veía a mi padre, su amante, que la dejó plantada. Veía en mí con demasiada claridad a quien la destruyó, el mismo rostro (…) El parecido era asombroso. Mi cara no sólo se parecía a la cara de mi padre, sino que era la misma cara (…) Yo sentía como es natural su amor por mí, pero al mismo tiempo siempre también su odio hacia mi padre, que se interponía en ese amor de mi madre por mí ».

Del padre, Alois Zuckerstätter, poco se sabe salvo que nunca, a pesar de haber sido obligado por un tribunal a pagar los alimentos del niño, quiso responsabilizarse de su paternidad. En 1940, muere en circunstancias poco claras. « La policía habló de una intoxicación por humo » cuenta Bernhard en su novela Extinción. « Yo creo que fue un accidente : sin duda, Alois estaba borracho y, fumando, se quedó dormido y se produjo un incendio sin llama. »

Hasta los siete años vive Seekirchen con sus abuelos maternos sin tener mucho contacto con su madre, subsistiendo a duras penas con los parcos ingresos de la familia. Su abuelo, Johannes Freumbichler, un escritor medio anarquista, fue quizá la figura que más influyó en su vida. Con él disfruta el pequeño Bernhard de enormes caminatas y él fue el que le introdujo en la filosofía de Shopenhauer que comenzó a leer a los doce años. « Mi abuelo era el único de mis maestros por mí reconocido y, en muchos aspectos, lo sigue siendo hasta hoy », dice el propio Bernhard en su novela El frío. Esta falta de afecto y la necesidad de encontrar respuestas que pudieran aliviarle se reflejaría después: « El amor es un absurdo y no existe en la Naturaleza » (…), mis parientes deambulan como muertos y a veces tengo ganas de llamarlos y gritarles a la cara que dejen de estar muertos » dice el príncipe Sarau. O, ante la pregunta de la periodista Krista Fleischmann de si alguna vez le dio rabia el no tener padre: « nunca lo eché en falta porque nunca estuvo ahí« . O, su filosofía acerca de los hijos que nunca tuvo: « …hacer niños propios significa hacer una desgracia, y, por consiguiente, hacer un niño propio no es otra cosa que una infamia ».

En 1938 Thomas Bernhard va a vivir con su madre y su tutor a Traunstein. Allí nace su hermanastro Peter Fabjan que sería más tarde su médico, y años después, en Berlín (aunque Bernhard no lo llegaría a saber) otra hermanastra : Hilda Zucherstätter. Acude a la escuela (aunque los maestros no eran para él más que « deformadores, destructores, demoledores «) e, inducido por la familia, ingresa en las Juventudes Hitlerianas. Pero su personalidad independiente, difícilmente sometida a disciplina alguna, hace que sea por un periodo corto : « yo estaba acostumbrado a ser independiente, a estar solo la mayor parte del tiempo, odiaba el rebaño, detestaba la masa, los cientos y miles de rugidos que salían de una sola boca. »

De 1942 hasta 1947, aunque con interrupciones, vive internado. Primero por una estancia breve en un reformatorio en Saalfeld (Turingia), luego en un centro nacionalsocialista en Salzburgo y finalmente en el mismo lugar convertido más tarde en centro católico.

En El origen, Bernhard cuenta que los alumnos están sometidos a tal presión psicológica que muchos no encuentran otra solución que el suicidio. Como es de suponer, durante estos años alejado de su familia, Bernhard tampoco recibe mucho cariño. Salzburgo, por otra parte, le parece una ciudad asfixiante (« su inhumana atmósfera provoca el ahogo y nada más que el ahogo »).

Ha comenzado la ineludible experiencia en comunidad, primero con la escuela y los centros educativos, y mas tarde, a medida que avanza su enfermedad, con los hospitales. A este respecto es interesante su opinión vertida en la novela Aliento acerca de estos círculos o comunidades « como un hospital, una cárcel o un monasterio » que él denomina « decisivos para la vida y necesarios para la existencia del artista » y por los que, especialmente el escritor, debía pasar para tener bien presente donde no volver nunca.

Lo que está claro es que se está fraguando una personalidad, un estado de ánimo que se debate, tomando la imagen que ofrece un personaje de uno de sus relatos, entre el frío y la asfixia : « Mientras que Oehler tiene la costumbre de llevar el abrigo totalmente cerrado, yo llevo el abrigo totalmente abierto » (…) Oehler tiene realmente un miedo continuo a helarse, mientras que yo tengo un miedo continuo a ahogarme »

Ese miedo continuo a helarse o a ahogarse hace que durante estos años comience a escribir poesía ( « en aquella época me había refugiado ya en la escritura (…) y aunque esos poemas no tuvieran valor lo significaban todo para mí ») .Ahí ya está reflejada la influencia de Trakl, Valéry, Rilke, Baudelaire, o de sus amigas poetas Ingeborg Bachmann y Christine Lavant.

En aquella época también recibe lecciones de canto y música que más tarde completaría con sus estudios en el Mozarteum en la especialidad de interpretación y dirección teatrales. Siempre se ha dicho que la enfermedad –en 1948 Bernhard contrae una pleuresía que más tarde deriva en una tuberculosis- truncó su carrera musical.

Lo cierto es que todo nos lleva a pensar que era un cantante más bien mediocre. Miguel Sáenz aporta en su biografía una anécdota ilustrativa. Josep Krips, el director del Mozarteum, le concede un día una audición ( al parecer por mediación de un amigo común ) y, después de oírlo, le dice que se dedique a carnicero, porque nunca será cantante. Y cuando la periodista Krista Fleischmann le recuerda en una entrevista en Madrid que él quería ser cantante, también parece tenerlo claro : « No, yo quería ser César ».

En cualquier caso, lo que es cierto es que sus estudios musicales sí dejan una huella clara en su estilo literario. La escasez de diálogos, esa voz que incesantemente monologa con el yo, la repetición y las explicitaciones casi asfixiantes, la frase añadida, el salto brusco de un tono a otro y las elipsis son recursos literarios fácilmente asimilables a los musicales. Y El malogrado, una de sus mejores novelas, se inicia precisamente con unos párrafos breves que simulan los ajustes de un virtuoso delante de su instrumento en los momentos previos a la ejecución. Pero no sólo hay una gran influencia de la música en el estilo sino también en los contenidos. Este libro cuenta la historia de tres amigos -el narrador, Wertheimer y el famoso Glenn Gould- que siguen un curso de virtuosismo pianístico. El genio de Gould, del que Bernhard hace un superhombre zarathustriano, es tan aplastante que obliga a los otros dos a renunciar a sus carreras.

Hay un fenómeno curioso que apoya la tesis de que el frío como falta de afecto acompañó a Bernhard durante toda su vida. En su literatura la mujer desempeña siempre un papel secundario hasta el punto de que, en los pocos casos en que aparece, suelen ser personajes sin nombre. Tampoco en su vida real tuvo ninguna amante y el único « ser de su vida » como él la llamaba fue una mujer treinta y siete años mayor que él, Hedwig Staviancicek, que conoce en 1950 y que luego se convierte en su mecenas.

Hasta tal punto es sorprendente esta ausencia de mujeres en la obra y vida del autor austriaco de que algunos estudiosos hayan sugerido que era homosexual. A este respecto, Miguel Sáenz es tajante : « Yo creo que no lo era. Ni tampoco bisexual, si es que se habla de preferencias. En cuanto a si tuvo alguna relación homosexual, no podría pronunciarme, pero nada me impide exponer algunos datos objetivos ».En sus conversaciones con Krista Fleischmann, con ese sarcasmo e ironía que siempre le caracterizaron, confiesa lo siguiente : « Las mujeres son demasiado emocionales (…) su inteligencia, en realidad, no es más que un sentimiento ».

Pero para conocer realmente ese empeño ironizar, provocar y escandalizar que, junto al sentimiento de total ruptura con las raíces y con la patria, le acompañaron durante toda su vida, vayamos al discurso de agradecimiento que pronuncia con ocasión de un premio del Estado Austriaco en 1968. « El Estado es una figura siempre condenada al fracaso, el pueblo otra ininterrumpidamente condenada a la infamia y a la debilidad mental (…) Somos austríacos, somos apáticos (…) No tenemos por qué avergonzarnos, pero no somos ni merecemos más que el caos «. Como es lógico, el ministro de cultura del momento se siente ofendido y abandona la sala. El público, arrastrado por la provocación y la euforia, aplaude. Como consecuencia del incidente, se queda sin otro premio, el Anton Wildgans de la Industria Austriaca que en realidad se le había concedido.

Vemos, pues, que durante estos años sigue reiterándose en la actitud hostil de su niñez y juventud. Se añade a ello el hecho de que su enfermedad, o más bien sus múltiples dolencias -que fueron desde una pleuresía, hasta trastornos renales, pasando por distintos procesos tuberculosos y tumores-, siguen presentes. El resultado de ello es su literatura más patológica y quiza, también más desgarrada si cabe : El aliento, El frío y Hormigón. Aunque una cosa sí le enseña la enfermedad: el propio enfermo es quién debe tomar la iniciativa de su propia curación ya que «el alma y la inteligencia dominan el cuerpo ».

A partir de 1978, año en el que se publica El imitador de voces y Sí, aconsejado por los médicos, comienza Bernhard a buscar la calidez del clima de países como Italia, España y Portugal. En ese mismo año, se publica su primera novela en España. Y a este respecto, la historia de cómo llego Thomas Bernhard a nuestro país es muy interesante.

Un joven Javier Marías, que por entonces formaba parte del consejo asesor de Alfaguara, después de haber sido deslumbrado por la lectura de una traducción al francés de la novela Trastorno, presenta el libro para su publicación. Pero la primera lectura que se hace desde la editorial es desoladora. Se le tacha de autor decadente, enfermizo, reaccionario, nihilista, aristocratizante y pesimista. Ante la insistencia de Javier Marías, se hace una segunda lectura. El encargado de hacerla es Miguel Sáenz que por entonces no conoce al autor. Su dictámen fue determinante. El libro merecía realmente la pena y debía ser publicado. A pesar de la opinión negativa de Bernhard sobre las traducciones en general (« todo libro traducido es como un cadáver destrozado por un coche hasta resultar irreconocible »), el libro se traduce al español. El propio Sáenz se encargaría de hacerlo. Por cierto que, como con libros posteriores, impecablemente.

Comienza, como hemos dicho, la huída. Huída hacia la calidez que siempre le faltó, con viajes a Creta, Mallorca, Madrid, Lisboa, Sintra, Oporto y las islas Madera. « Tengo frío », dice el príncipe Sarau casi al final del libro Trastorno, « y mis hermanas me traen un sobretodo. Repito que tengo frío y me traen un abrigo ; y digo nuevamente que tengo frío y me traen las botas y el gorro de piel, y entonces empiezo a desvestirme y a sentirme bien : estoy salvado, pienso, ya no tengo frío ; estoy totalmente desnudo, ya no tengo frío y eso les intranquiliza «

¿ Por qué escogió Bernhard estos lugares para pasar la última etapa de su vida ? ¿ Por qué escogió Bernhard Mallorca para su entrevista con Krista Fleischmann ? El dió dos explicaciones : « porque la isla está llena de ancianos y enfermos « y « porque siempre hay que ir donde haya contraste con lo de uno ».

Definitivamente, aunque la primera esté más a tono con su sarcasmo, nos quedamos con la segunda. El 18 de diciembre de 1988, Bernhard inicia su último viaje a España si bien, según cuenta Vicente Molina Foix, ya se le había visto mucho por Mallorca leyendo El País y oliendo a perfume catalán…En esta ocasión acaba de tener un ataque cardíaco y, una vez más, busca las costas españolas para reponerse.

Quiere un hotel donde los periodistas lo dejen tranquilo y elige La Barracuda de Torremolinos. Nadie, ni él mismo, sospecha la gravedad de su estado. Menos de dos meses después, su salud se agrava y su hermano, el doctor Fabjan, tiene que trasladarse a Torremolinos, porque es dudoso que Bernhard pueda regresar solo a Austria. Muere el 12 de febrero de ese mismo año, perfectamente consciente de que volvía a su patria para ello ( « volver a casa significa morir » ).

Es curioso que durante bastante tiempo, por voluntad propia, la tumba de Thomas Bernhard estuviera sin inscripción alguna. « Uno no sabe nunca quién es », diría él en cierta ocasión. Pero « quién es y qué es se lo dicen los otros, ¿ no ? Y como, si vive lo suficiente, se lo dicen millones de veces, acaba por no saber en absoluto quién es. Cada uno dice algo distinto. Y uno mismo dice también, a cada momento, algo distinto ».

©CRISTINA SÁNCHEZ -ANDRADE es autora de dos libros Las Lagartijas Huelen a Hierba (Lengua de Trapo1999) y su más reciente obra Rosas y Bueyes Dormían (Siruela 2001). El presente artículo fue publicado en Literaturas.com

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Una opinión, respuestas o pings

  1. RV

    Excelente artículo.
    El análisis es muy agudo y abarcativo,
    y los enfoques desde los cuales ha sido hecho
    cuando menos
    resultan acertados y eficientes.

    Muy bueno.

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