el fin de un ideal humanista, lucky clov: yse #19

The siren call of the supersensible commonplace and the cool digitalism of the commercial image is the common denomination and standard of production in the spectacle of image-culture. The detached flaneur of the nineteenth century city street is updated to a digital footprint in the liquid architecture of cyberspace, whose nomadic, hypertextual adventures present a perception of information bombardment as stylized incomprehension, of the incomplete fragment of channel-surfing informatic perception, and the random imprint of the media gesture.
With the commodification and paradigm of participation — cultural consumption and consumable culture — the site and sight of ‘transgression’ no longer transgresses. The voracious appetite of the culture industry has led to the normative consumption of the ‘transgressive’ and the radical artist becomes as consumable as his ‘radical’ art. Can he detach himself ironically or is the ironic impulse defeatist, hiding behind a self-congratulory theoretical ‘know-effect’? Is superior ‘knowingness’ complicit in the commodification of the art ‘site’ and the anaesthetised secular temple of the modern age? Is negative criticality lost in an ironic parody of parody? Perhaps this is a historical observation.
The site of twentieth century transgression was aesthetic. Both the modernist and the avant gardist claimed a radical impulse- one engaged in the ‘higher order,’ one engaged in the ‘cultural commonplace,’ with a shared belief that symbolic intervention could effect cultural change. With the aesthetisication of the ‘political’ and the sublimation of the aesthetic into the supersensible commonplace, symbolic intervention became increasingly redundant — a confusion of signs in a metropolis mega-shopolis, predicated on consumption without obligation, accumulation of anything agglomerative, bouts of simulated efficiency, where characters play out a ‘conceit’ of normalcy or difference.
Critique of the status quo is no longer regarded as a ‘pathology’ but a visual fashion statement, emptied and flattened of substance, a transitory documentation of posturing. Seduced by ironic artfulness, knowledge becomes ornamentation or postmodern embellishment, the sense of decorative affect, just as the children of identity-politics ornamented themselves to display their allegiance to the cause, inadvertantly conforming to, and legitimating, the commodification of the body and the conservative supposition that identity politics is a life-style choice, a performance where consumption determines social relations.
Perhaps there was something more insidious at play in the postmodern valorization of subjective, local experience, set against the narrative of neo-liberal individualism, where the symbolic property of the collective as a potential to violate is allayed from operability by the very channeling of dissent (collective or otherwise) into the relative object of culture. Indeed, just as they were claiming alternative ‘truths,’ the sub-groups of the Liberation movements were denied access to universalizing grand narratives, and repackaged as sub-markets under the postmodern rubric of differential identity.
This mimicks a desocialised economic order, made possible by a political regime naturalized as scientific doctrine, the politics of financial deregulation and the unprecedented mobility of capital under information technology— the Anglophone emphasis on greater flexibility in work practices, in the production of commodities and services, and in the educational context, the efficient production of self-interested workers. Clearly, the dominant economic model has failed, but how can it be transgressed…. Is it ruinous to theorise the end of a humanist ideal amidst our Hegelian parable of decline and fall, of ruin built upon ruin? Perhaps there is something to salvage.
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El canto de sirena del tópico ultrasensorial y el digitalismo cool de la imagen comercial es el común denominador y el estándar de producción en el espectáculo de la cultura-imagen. El distanciado flaneur de las calles de la ciudad del siglo diecinueve se actualiza a una huella digital en la arquitectura líquida del ciberespacio, cuyas aventuras nomádicas e hipertextuales presentan una percepción de bombardeo de información como incomprensión estilizada, del fragmento incompleto de percepción de información zapeada y la huella aleatoria del gesto mediático.
Con la comoditización y el paradigma de participación – consumo cultural y cultura consumible – el lugar y visión de “transgresión” ya no transgrede. El apetito voraz de la industria cultural ha conducido al consumo normativo de lo “transgresor” y el artista radical se vuelve tan consumible como su arte “radical”. ¿Puede distanciarse irónicamente o es el impulso irónico derrotista, ocultándose tras un teórico conocimiento del efecto auto-felicitador? ¿Es el conocimiento superior cómplice en la comoditización del “sitio” del arte y el anestesiado templo secular de la era moderna? ¿Está la crítica negativa perdida en una irónica parodia de la parodia? Quizás ésta es una observación histórica.
El lugar de la transgresión del siglo veinte era estético. Tanto los modernistas como los vanguardistas reclamaban un impulso radical – uno implicado en el “orden superior”, uno implicado en el “lugar común cultural”, con una creencia compartida en que la intervención simbólica podía resultar en un cambio cultural. Con la estetización de lo “politico” y la sublimación de lo estético hacia el tópico ultrasensorial, la intervención simbólica se volvió cada vez más redundante – una confusión de signos en una metrópolis megashopolis/megacomprópolis??, predicada sobre el consumo sin obligación, la acumulación de cualquier cosa aglomerativa, ataques de simulada eficiencia, donde los personajes representan una “presunción” de normalidad o diferencia.
La crítica del status quo ya no es vista como una “patología” sino como una afirmación visual de moda, vaciada y aplanada de sustancia, una documentación transitoria de una postura. Seducido por una astucia irónica, el conocimiento se convierte en ornamentación o embellecimiento postmoderno, el sentido de afecto decorativo, igual que los hijos de la política de identidades se ornamentaron para demostrar su apego a la causa, inadvertidamente conformándose a, y legitimando, la comoditización de su cuerpo y la conservadora suposición de que la política de identidades es una opción de estilo de vida, una representación en la que el consumo determina las relaciones sociales.
Quizás había algo más insidioso en juego en la postmoderna valorización de la experiencia subjetiva y local, contrapuesta a la narrativa del individualismo neoliberal, donde la propiedad simbólica de lo colectivo como un potencial a violar es disipada de su operabilidad mediante la propia canalización del desacuerdo (colectivo u otro) hacia el objeto relativo de cultura. En efecto, en tanto que reclamaban “verdades” alternativas, a los subgrupos de los movimientos de Liberación se les negó el acceso a las grandes narrativas universalizadoras, y fueron reempaquetados como sub-mercados bajo la rúbrica postmoderna de la identidad diferencial.
Esto imita un orden económico desocializado, posibilitado por un régimen político naturalizado como doctrina científica, la política de la desregulación financiera y la movilidad sin precedentes de capital bajo las tecnologías de la información – el énfasis anglófono en la mayor flexibilidad en las prácticas laborales, en la producción de artículos y servicios y, dentro del contexto educativo, la producción eficiente de trabajadores interesados por sí mismos. Claramente, el modelo económico dominante ha fallado, pero cómo puede ser transgredido… ¿Es ruinoso teorizar el fin de un ideal humanista entre nuestra parábola Hegeliana de declive y caída, de ruina construida sobre las ruinas? Quizás haya algo que rescatar.
Por Lucky Clov para Y SIN EMBARGO magazine
Version castellana de Alicia Pallas
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