Y SIN EMBARGO magazine

Avatares de la vida. Ninots de UU, Anna Christina, Thierry Tillier, Ezequiel Ruiz

YSE#24, in-between the net +1.600.000 flying & downloading… alguien dijo tener? tantas moscas, en teoría, no deberían estar equivocadas… dicen, ¡oh! y salen carpiendo… es una experiencia que impresiona! dijo Alan Moore. ¿Y James Cameron?

On air: YSE #24, in-betweeen the net.

extimidad: una oda a la vitrina que muestra ocultando, carolina vega ramírez: yse #20

El cuerpo como limitante y posibilidad; prolongación incendiaria, silábica y fatal; otredad construida a partir de la imaginación y la sintaxis de un deseo no sólo divino, sino palpable en recovecos indecibles.

Ya desde los albores de una sociedad globalizada, accedemos al delirio de esta vitrina virtual que impone sus propias secuencias de dominación como un acuario que bosqueja una suerte de artificialidad supeditada a los requerimientos del medio; no sólo en las formas de ejecutar la pauta emisor/receptor, sino en la potencia de aquella fuerza hegemónica capaz de transformar los cuerpos en utopías variables; objetos de consumo.

La masificación de las tecnologías desdibuja el límite entre lo público y lo privado. Si ya la fabricación en serie imponía el cuestionamiento sobre el propósito y destino de la energía productiva, actualmente nos enfrentamos a aquellas formas de definir el yo en base a la nomadía digital de los cuerpos.

El tema de la distancia cobra interés en la medida en que sus protagonistas se acercan, aunque sin burlar realmente la brecha física que los separa.

Como resultado, el poder es gestionado a partir de una nueva variable cuya excusa se yergue en tanto difusión y pertenencia: Conoce las claves de acceso, domina los puertos, establece nexos que no dan cabida a la (im)perfección del rito, el síncope del gesto; la precariedad de una rutina cotidiana que en condiciones normales conforma modos de ser, de respirar, de latir(se).

La alfabetización digital supone la pérdida de vasos comunicantes anteriormente ejecutados a través de manifestaciones sensoriales inmediatas. Disposiciones como oler, tocar, dejarse traspasar por una química que extienda los significados de las cosas, han cedido paso al advenimiento de la “visión” y el trabajo dactilográfico sobre un teclado.

El apetito voyeur inclina la mirada no hacia una profundidad, sino al desliz de un otro y sus maneras de fingir el entusiasmo o la angustia. Esta necesidad de mostrarse propone la modificación en la manera de observar y ceder ante el asombro de las cosas.

La (cali)grafía se ha convertido en un objeto de culto. El medio tiende a convencernos de que la escritura en tanto testigo y memoria supone una acción anticuada, segmentaria y discriminadora. El uso del correo electrónico ha mermado el rol de la misiva; su ejecución y consecuente espera. Incluso la publicación de volúmenes clásicos descargables en PDF nos enfrenta a la inminente desaparición del libro en tanto corpus; y el previo y posterior romanticismo que supone enfrentarlo.

Por otro lado, el vocabulario; la voz y su eco ya no vibran sobre los objetos, sino que oscurecen la inmediatez con que la onomatopeya nos alude.

El consumo de la imagen ha situado a sus participantes como elementos fantasmagóricos que devanean entre estar y no estar. Observar sin ser vistos o -lo que es peor- actuar sin la opción de quedarse, de dialogar efectivamente, de construir un puente en medio de esta distancia abisal que separa pequeños mundos en una gran urbe mediática.

Hoy por hoy, el auge de soportes como Facebook, Messenger, Myspace, Fotolog, Flickr, Netlog, Blog y demases, ha puesto en evidencia aquella (in)visibilización con que los protagonistas construyen imágenes de sí mismos a partir de una pauta ilusoria de sentimentalidad y conducta. Sus formas de definir el yo han otorgado crédito a esta simultaneidad que de alguna manera declara la obsolescencia de las prácticas sociales en tanto contacto físico preciso para la equivocación y el descubrimiento.

La valoración del otro es ejercida en tanto suposición de sí. Al mismo tiempo, llegamos a aprehenderlo de acuerdo a nuestros propios parámetros de ideal. Es aquel velo ilusorio el encargado de ocultarlo y “darlo a luz”, como la mejor de las utopías.

El encierro en que nos enfrascamos para “conocer”, nos condena a un sedentarismo físico ante el cual el mundo accede a nosotros como si realmente “viniera”, enmarcado en los rangos de credibilidad con que el poder opera y vigila gracias a la excusa de una “intimidad” aparentemente develada.

Frente a este acontecer, cabe preguntarse qué ocurre con la singularidad; la validez de un discurso; el fragmento amoroso que no respira ni late en medio de sus hacedores, sino que se justifica en la ausencia del otro; en la ilusión que de sí ha construído la contraparte.

La valentía con que nos sellamos los párpados oficia de confesión inanimada en un lienzo por escribir. La división entre imagen y realidad propone desplazamientos hacia un sentido catatónico, que devalúa la trascendencia del individuo en tanto génesis.

Inmersos en pedazos de vidas ajenas, transamos un sitial que nos permita formar parte; fingir ante la exposición, ceder a aquella unilateralidad que nos condena a un mutismo egoísta, pues la excusa consiste en masificar recortes de realidad; permitir que el otro ingrese, siempre y cuando se mantenga mudo y desprovisto de todo poder. Eso, en parte, ayudaría a desprendernos de nuestra propia cotidianidad, ahorrándonos el cuestionamiento acerca de nosotros mismos.

El auge de las lides cibernéticas no hace más que resaltar la característica local de quienes a diario sucumben a su propuesta. La creación de sub mundos retroalimenta el hermetismo con que esta red cierra sus puertas sobre la aparente premisa de masividad. Su presencia vuelve adictiva la ausencia de los cuerpos, el mensaje cifrado, la indagación en una rutina ilusoria que pretende esparcise como predominio en el lenguaje de lo público. De ahí la necesidad; su categoría de imprescindible.

El evaluador desconocido demarcará las propias formas de su interlocutor para intervenir ante lo expuesto. Nuestra “comunicación” transfigurará el énfasis expresivo, prestándose para malas interpretaciones. De esta manera, el cuerpo errado se aliena respecto a la distinción intelectual.

La embriaguez de lo impalpable conlleva en sí misma la propuesta de sentirse “tomado en cuenta”. Se “es” en la medida en que se participa, acatando las reglas del juego.

Quedan pendientes las buenas preguntas. En este apogeo de verbos inconclusos, la subjetividad se mantiene presa dentro de sus mismas limitaciones. Un tema no menor es lo que realmente se oculta en el destape de la vida seudo social. En qué consiste lo verdaderamente íntimo; Con qué fábulas se ejercita el poder. Cuáles son las pérdidas reales a las que nos exponemos y cuál, la ganancia del invididuo en tanto ser racional y sensible.

Una de las premisas fundamentales debería consistir en definir el rol del hombre respecto a la máquina. Sólo conociendo a cabalidad sus fortalezas y limitaciones, podrá mirar más allá sin temer a lo cercano: La vida que acecha con su ojo verídico, invitando a palparla en la efervescencia de su magma.

(Por Carolina Vega Ramírez para Y SIN EMBARGO magazine #20)
English version by Alicia Pallas

# # #

Extimacy: an ode to the showcase that shows by hiding

The body as restriction and possibility; inflammatory, syllabic and fatal prolongation; otherness built from imagination and syntax of a desire not only divine but tangible in unspeakable corners.

From the very beginning of a globalized society, we access the delirium of this virtual showcase imposing its own domination sequences like an aquarium outlining a sort of artificiality subject to the requirement of the medium; not only in the ways to perform the emitter/recipient guideline, but also in the potency of that hegemonic force able to transform bodies into variable utopias, objects of consumption.

The overcrowding of technologies blurs the limit between the public and the private. If the serial manufacturing imposed the questioning of the purpose and fate of productive energy, we currently face those forms of defining the self according to the digital nomadism of bodies.

The subject of distance gains interest to the extent that its main characters come closer, altough without really getting around the physical breach separating them.

As a result of this, power is managed from a new variable whose excuse rises as diffusion and membership: it knows the accession keys, controls the ports, establishes links that hold to place for (im)perfection of the ritual, the syncopation of gesture; the precariousness of a daily routine that, in normal conditions, conforms ways of being, of breathing, of pulsating.

The digital literacy implies the loss of communicating vessels previously played through immediate sensorial manifestations. Dispositions such as smelling, touching, letting oneself soak through with a chemistry that extends the meanings of things, have made way to the advent of “vision” and the dactylographic work on a keyboard.

The voyeur apetite leans the gaze not towards a depth, but towards another’s slips and ways of faking enthusiasm or distress. This need to show oneself proposes the modification of the way of looking and yielding to the amazement of things.

(Calli)graphy has turned into an object of worship. The medium tends to convince us that writing, as witness and memory, constitutes an old-fashioned, segmentary and discriminatory action. The use of e-mail has undermined the role of the letter; its execution and subsequent waiting. Even the publication of classic volumes in downloadable pdf files faces us with the imminent disappearance of the book as corpus; and the previous and posterior romanticism involved in facing it.

On the other hand, vocabulary; the voice and its echo do not vibrate on objects anymore, but rather darken the immediacy with which onomatopoeia adresses us.

The consumption of image has placed its participants as ghostly elements that swing between being and not being. Observing without being seen or – what is worse – acting without the option of staying, of effectively dialogating, of building a bridge in the middle of this abyssal distance separating little words in a vast mediatical city.

Nowadays, the boom of media such as Facebook, Messenger, Myspace, Fotolog, Flickr, Netlog, Blog and the likes, has evidenced that (in)visibilization with which the main characters build images of themselves from an illusory rule of sentimentality and behaviour. Their ways of defining self have given credit to this simultaneity that, in a way, declares the obsolescence of social practices as physical contact needed for mistake and discovery.

The valoration of the other is done as a suposition of self. At the same time, we reach its aprehension according to our own parameters of an ideal. That illusory veil is in charge of hiding and bring it to light, as the best of utopias.

The confinement we lock ourselves for “meeting” condemns us to a physical sedentarism in which the world reaches us as if it actually “came”, framed within the ranges of crediility with which power operates and watches thanks to the excuse of an “intimacy” apparently deveiled.

At the sight of this occurrence, the question arises of what happens with singularity; the validity of a discourse; the amorous fragment that does not breathe of beat among its makers, but is justified by the absence of the other; by the illusion the counterpart has built about himself.

The courage with which we seal our eyelids acts as an inanimate confession in a blank canvas. The division between image and reality proposes displacements towards a catatonic direction, which devaluates the transcendence of the individual as genesis.

Immerse in pieces of others’ lives, we compromise with a seat that allows us to belong; fake at the exhibition, yield to that unilaterality condemning s to a selfish mutism, since the excuse consists of massifying reality cutouts; allow the other to enter, as long as he remains mute and devoid of any power. That, in part, would help us detach ourselves from our own daily routine, saving us the questioning about ourselves.

The climax of cybernetic disputes does nothing but highlight the local characteristic of those who daily succumb to their proposal. The creation of under-worlds feeds back the hermetism with which this network shuts its dors under the apparent premise of massiveness. Its presence turns into an addiction the absence of bodies, the ciphered message, the quest into an illusory routine that intends to spread as predominance in the language of the public. Hence the need; its indispensable cathegory.

The unknown evaluator will delimit his interlocutor’s own forms to intervene on the exposed. Our “communication” will transfigure the expressive emphasis, lending itself for misinterpretations. Thus, the mistaken body is alienated regarding intellectual distinction.

The inebriation of the untangible implies the proposal of feeling “taken into account”. One “is” to the extent that one takes part, accepting the rules of the game.

The good questions remain unresolved. In this apogee of unfinished verbs, subjectivity is kept prisoner within its own limitations. A not so minor subject is what is really hidden in this uncovering of this pseudo-social life. What constitutes the really intimate. What fables is power exercised through. Which are the real losses we expose ourselves to, and which the gain of the individual as rational and sensible being.

One of the main premises should consist in defining the role of man with regard to the machine. Only fully knowing its strengths and limitations he will be able to look beyond without fearing what is closest. The life stalking with its truthful eye, inviting to be toughed in the efervescence of its magma.

(By Carolina Vega Ramírez for Y SIN EMBARGO magazine #20)
English version by Alicia Pallas

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6 pareceres, respuestas o pings

  1. Muy preciso y detallado, un tema que nos atañe como sociedad misma dentro de tanta masividad informatica y virtualidad (mas aún pensando en los chicos). Me gustó como escribe, desde que angulo se enfoca y desarrolla el tema, deja pensando mucho en lo que será nuestra sociedad, forma de consumo, y salud, en la medida que estas herramientas de comunicación vayan reemplazando (o no) la forma cotidiana de contacto que hasta años atras era mucho mas palpable entre los seres humanos..

  2. RV

    Estoy de acuerdo contigo, Diego. Realmente los textos de Carolina tienen mucha información y agudeza, mucho análisis y búsqueda.
    Voy a volver a leerlo haciendo foco en los tips que apuntas. Grazie.
    Saludos

  3. A medida que se avanza tecnológicamente son muchas las preguntas y hechos que siempre quedan en el aire y no necesariamente en la intemperie de lo que se quiere compartir, creo que a partir de las palabras de Carolina, se puede tener una idea de cómo los seres humanos, de alguna u otra manera vamos segregando según lo que nos conviene o nos permite el tiempo y satisfaciendo necesidades específicas. No sé si esto sea saludable para algunos pero esta misma amplitud de criterios y canales de comunicación, debería ser el punto de partida para tomar conciencia y asumir como sociedad que el rol comunicativo nos compete a todos, pensando en las generaciones venideras y su educación como motor de búsqueda de nuevas formas de expresión no sólo en lo cotidiano y palpable sino también por ejemplo en lo artístico y experimental. Sin duda es un tema que dá para mucho y se agradecen estos espacios.

  1. planetalibro.net - 29 May, 2009
  2. kosmopia.com - 1 Sep, 2009

Responder a “extimidad: una oda a la vitrina que muestra ocultando, carolina vega ramírez: yse #20”

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