Y SIN EMBARGO magazine

Avatares de la vida. Ninots de UU, Miguel Ruibal, fernandoprats, Nirvana SQ, Leonie Polah, Brancolina, Thomas Hagström, Anna Christina, Thierry Tillier, Ezequiel Ruiz

Seven years of a periodical and independent publication is perhaps both necessary and long enough a time to verify or put into practice a set of ideas, wishes and adventures. YSE closes a cycle, but doesn’t close (neither literally nor metaforically). Seguiremos, pero seremos otros.

On air: YSE #29, LAST/s.

la cosa real, alicia pallas: yse #21

electrónico, que dicen sustituirá al papel. ¿Te imaginas? Ir leyendo Pedro Páramo, Ulises, La colmena en una pantallita minúscula. Se creen que

Hemos visto demasiadas cosas aparecer y desaparecer. A estas alturas hemos aprendido a identificar las modas pasajeras y diferenciarlas de los procesos inevitables de reemplazo y renovación. Hemos comprobado una y otra vez que, se tratase de uno u otro caso, nuestro posicionamiento siempre ha tenido más que ver con la imagen de nosotros mismos que queremos transmitir (el entusiasta del cambio vs. el nostálgico de las cosas reales) que con la pretensión de influir sobre el resultado del proceso.

pero el libro, ese compañero inseparable, el mejor de los viajes,[ inserte aquí su lugar común de preferencia],

Sin embargo, esta vez tenemos la sensación de encontrarnos en el lugar adecuado, en la generación, las generaciones adecuadas. Por una vez, podemos tener el raro privilegio de ser los últimos en disfrutar nuestro pedazo de cosa real, en no vernos del todo obligados a soltar las tapas blandas del libro de bolsillo. Con sólo resistirnos un poco más de tiempo (el consumidor tiene al menos ese poder, el de resistirse, nos han dicho) puede que consigamos retrasar el relevo sólo lo suficiente, hasta que sintamos que la obligación de aceptarlo pertenece ya a la generación siguiente, la que nunca lo ha visto como una elección que merezca la pena plantearse.

doblada, el olor del papel amarillento, el momento de dar vuelta a la última página, eso no hay pantalla táctil que consiga sustituirlo, y si no nos convence a nosotros no tendrá éxito, porque nosotros

Para muchos de nosotros puede ser la primera vez que podemos permitirnos la insolencia de resistirnos, de aferrarnos a algo que tiene significado real. Nos hemos visto arrollados por la llegada de una fotografía digital que en muy pocos años ha cambiado nuestra forma de concebir los recuerdos. Sin dejar de alimentar nuestra colección de CDs, decidimos declararnos nostálgicos del vinilo aunque muchos de nosotros fuéramos demasiado pequeños para que nos dejaran poner la mano sobre uno de aquellos discos guardados como joyas en el estante alto del mueble-bar. Aún escribíamos cartas al primo de Argentina o a la amiga que estudiaba en Salamanca, pero en el momento en que seleccionamos nombre de usuario/contraseña para nuestra primera dirección de e-mail, nos dimos cuenta de lo anacrónica que nos estaba pareciendo ya, sin saberlo, la correspondencia postal. Y cuando nos cambiaron el teléfono-góndola por un micrófono de bolsillo, empezamos riéndonos con suspicacia para, en el plazo de un año, contraer el hábito antes impensable de la comunicación ubicua.

de irme a dormir, lo que me apetece es abrir un libro y leer unas cuantas páginas. Un libro de verdad, no quiero una

En todos los anteriores derrocamientos de la cosa real por el heredero electrónico fuimos demasiado jóvenes para sentir esa bifurcación entre la obligación de mantenernos conectados al progreso y el terror de perder los rituales y objetos de siempre. Pero esa nostalgia asustadiza no sólo existió siempre sino que está comercialmente prevista; y prueba de ello es que los libros electrónicos no prometen mejoras, no divulgan las evidentes aplicaciones que el papel no tiene, sino que se desviven por ofrecer una “experiencia lectora” igual a la del libro. Cosa que no interesará a los que estudien la primaria en una pantalla, que ni se habrán preguntado en qué consiste su “experiencia lectora”; pero que de repente resulta vital para que unos cuantos lectores actuales nos atrevamos a dejar entrar en casa el nuevo juguete, del que desconfiamos como de un caballo regalado.

otras cosas, pero dime para qué quieres preferencias de visualización ni gaitas, dime si cuando consigo sacar un rato para relajarme y leer me voy a poner a

Los propios libros se prestan a esta resistencia como ningún otro elemento, porque esta vez la sustitución tecnológica no está respaldada por la presión social de mantenernos conectados. La necesidad de seguir en contacto, de no quedarnos atrás ha hecho que aceptáramos los relevos naturales en las comunicaciones (desde el teléfono móvil hasta las redes sociales), la fotografía (nuestros amigos ya no tendrían la paciencia de esperar por unos negativos) o el ocio audiovisual (ya indisolublemente unido al placer/obligación de compartir nuestras últimas descargas).
Pero la lectura aún es mayoritariamente una actividad privada, que realizamos a solas… y que consume tiempo, mucho más que ver una película o enseñar las fotos de las vacaciones. Con los libros no hay esa urgencia por compartir, por el reenvío masivo (más allá del ocasional préstamo a los amigos que ya veníamos haciendo). Y en plena búsqueda de aceptación en una era digital que nos parece sólo a medias nuestra, la innovación que no mejore nuestra imagen pública, pasará igualmente a un segundo plano en lo privado.

quieran, que yo mientras tenga mi biblioteca en casa voy a disfrutar de un buen libro como siempre me ha

No hay duda de que las aplicaciones de lo digital son ya más que apreciadas en lo profesional. Pero que admitamos su intrusión en nuestro ocio más privado dependerá de que se consiga replicar con exactitud ese contraste de la tinta, esa cadencia de vueltas de página… y todas esas limitaciones que tanto elogiamos.

Por Alicia Pallas para Y SIN EMBARGO magazine #21.

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électroniques, ils prétendent remplacer le papier. Pouvez-vous imaginer ça ? Allez donc lire Pedro Páramo, Ulysse, ou La Ruche, sur un écran minuscule. Ils pensent que

Nous avons déjà vu trop de choses apparaître et disparaître. Alors, nous avons appris à reconnaître les engouements, à les distinguer des processus inévitables de remplacement et de renouvellement. Pour les uns comme pour les autres, nous réalisons souvent combien nous sommes moins préoccupés d’infléchir les résultats du processus que de soigner notre image (le vernis du geek plutôt que les croutes du nostalgique).

mais le livre, ce compagnon inséparable, le voyage le plus merveilleux, [insérer ic votre lieu commun préféré],

Toutefois, cette fois, en dépit d’être sûr de l’inévitable et logique remplacement, nous sentons que nous jouons un rôle inhabituel, que nous sommes la génération, les générations, destinées à résister. Pour une fois, nous pouvons avoir le rare privilège d’être les derniers à profiter de notre part de réel, à ne pas être totalement contraints de lacher la couverture de nos livres de poche. Si nous résistons un temps soit peu, nous pourrons retarder la substitution, juste assez, le temps que l’obligation d’accepter incombe à la génération suivante, celle qui ne l’a verra pas comme un choix de valeur. Et quoique nous soyons conscients des avantages que nous pouvons rater, s’accrocher à la nostalgie est au fond plus confortable.

incliné, l’odeur du papier jauni, le moment de tourner la dernière page, aucun écran tactile ne le peut

Pour certains d’entre nous, c’est la première fois que nous osons l’insolence de résister, de nous en tenir à ce qui nous semble faire réellement sens. Surpris par l’arrivée du CD, de l’email ou de la photographie numérique, nous étions assez jeunes pour que la nostalgie ne s’immisce pas dans notre appréciation des innovations, au regard des anachronismes que nous pressentions, même par inadvertance, dans les anciens médias.

Toutes les récentes substitutions d’un objet réel par son héritier électronique, ont eu leur génération d’utilisateurs piégée à cette bifurcation entre la nécessité de rester connecté au progrès et la terreur d’abandonner les rituels quotidiens. Cette frayeur nostalgique a toujours existée, elle est même anticipée par le marketing, comme le prouve le fait que les livres électroniques ne se prévalent pas des propriétés qui manquent au papier, mais s’efforcent plutôt de montrer qu’ils offrent la même “expérience de lecture” que les livres. Ca n’intéressera pas ceux qui déjà suivaient l’école primaire à travers un écran, ceux qui ne se sont jamais demandé ce qu’est une expérience de lecture, mais soudain, il semble vital à certains lecteurs du papier d’oser ouvrir leur maison à ce nouveau jouet dont nous nous méfions comme d’un cheval de Troie.

autres choses, dites-moi ce que vous voulez pour afficher vos préférences et vos matières, dites-moi si j’ai un peu de temps pour me détendre et lire un peu, je ne pense pas que je vais

La conception commune de la lecture aide cette résistance par l’absence de pression sociale à son égard. La nécessité de rester en relation, de ne pas être en reste, nous fait accepter d’être les relais naturels de la communication ou des divertissements audiovisuels. Mais la lecture pour le plaisir est encore largement une activité privée, à laquelle nous nous livrons seuls … et qui prend plus de temps que regarder un film ou visionner des photos de vacances. Avec les livres, il n’y a pas une telle urgence pour partager, pour diffuser massivement. Et dans notre reflexion quant à l’acceptation de l’ère digitale que nous ressentons à demi-nôtre seulement, toute innovation qui n’améliore pas notre image auprès des autres perd de son importance.

comme ils veulent, mais tant que j’ai ma bibliothèque à la maison j’apprécierai un bon livre comme je l’ai toujours fait

Il ne fait aucun doute que les applications du livre numérique sont appréciées dans les domaines professionnels. Mais leur intrusion dans notre temps de loisirs le plus privé dépendra de leur capacité à répliquer parfaitement le contraste de l’encre, le rythme pour tourner les pages … et de toutes les limitations que nos nostalgies compulsives aiment tant.

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electronic, which they say will replace paper. Can you imagine? Walk around reading Pedro Páramo, Ulysses, The Beehive in a tiny little screen. They think that

We have seen too many things appear and disappear. By now we have already learned to identify and tell fleeting fashion from inevitable processes of replacement and renovation. Over and over again we have realized that, whether one or the other, our positioning was always more related to the self-image we want to show (the change enthusiast vs. the real thing nostalgic) than with the pretension to influence the result of the process.

but the book, that inseparable companion, the best of travels, [insert your common place of choice here],

However, despite being sure of the inevitable and logical replacement, this time we feel we play an unusual role, that of being the generation, the generations destined to resist. For once, we can have the rare privilege of being the last ones in enjoying our share of real thing, in not being totally forced to let go of the paperback covers. If only we resist a little bit longer we may delay the replacement just long enough, until the obligation to accept it belongs to the next generation, the one who has never seen it as a choice worth considering. And, although we’re aware of the advantages we may be missing, holding on to nostalgia is really the easiest thing to do.

bent, the smell of yellowish paper, the moment of turning the last page, no tactile screen can

For some of us this is the first time we can afford the insolence of resisting, of holding on to something with real meaning for us. When we were caught by the arrival of CD, e-mail or digital photography, we were young enough for nostalgia not to interfere in our appreciation of the advantages that were offered to us, in comparison with the anachronism that we, even inadvertently, already sensed in the old media.
But in all the former overthrowing of the real thing in favour of its electronic heir, there was also a generation trapped in the bifurcation between the need to keep connected to progress and the terror of losing the daily rituals and objects. This frightened nostalgia always existed and is commercially anticipated, as proved by the fact that electronic books do not claim the advantages or ramble about the obvious applications that the paper lacks, but rather strive to offer a “reading experience” similar to that of the book. Which won’t interest those already attending primary school through a screen, who have never even wondered what a “reading experience” is; but that is suddenly vital for some current paper readers to dare open our home to that new toy, that we mistrust like a gift horse.

other things, but you tell me what you want these visualization preferences and stuff for, if I get some spare time to relax and read a bit I don’t think I’m going to

The general conception of reading helps this resistance through the lack of social pressure around it. The need to keep in touch, to not be left behind has made us accept the natural takeover in communications or audiovisual leisure. but pleasure reading is still namely a private activity, that we do on our own… and that takes time, much more than watching a film or showing pictures from our holidays. With books there is not such urgency for sharing, for mass-forwarding (other than the occasional book loan to friends). And in our quest for acceptation in a digital era we feel as half-ours only, any innovation that does not improve our public image loses importance.

as they want, but as long as I have my library at home I’ll be enjoying a good book as I always

There is no doubt that the applications of the digital book are more than appreciated in the professional field. But its intrusion in our most private leisure time will depend if it exactly replicates that ink contrast, that page-turning rhythm… and all those limitations our compulsory nostalgia loves so much.

Par Alicia Pallas pour Y SIN EMBARGO magazine #21.
(traduction jef safi)