Y SIN EMBARGO magazine

Avatares de la vida. Ninots de UU, Miguel Ruibal, fernandoprats, Nirvana SQ, Leonie Polah, Brancolina, Thomas Hagström, Anna Christina, Thierry Tillier, Ezequiel Ruiz

Seven years of a periodical and independent publication is perhaps both necessary and long enough a time to verify or put into practice a set of ideas, wishes and adventures. YSE closes a cycle, but doesn’t close (neither literally nor metaforically). Seguiremos, pero seremos otros.

On air: YSE #29, LAST/s.

arcada, de carolina vega ramírez

ARCADA
(Editorial Moda y Pueblo, 2009)
Extensión total: 90 págs.
(Incluye imágenes capturadas por la misma autora)

Carolina Vega Ramírez
(Santiago, Chile, 1981)

Es periodista y Licenciada en Comunicación Social de la Universidad ARCIS.

Obtuvo su grado académico tras la realización de la tesis La mujer como constructo Histórico poético. Aparición de lo femenino en la vida y obra de Jorge Teillier.

Desde el año 2006 participa en los talleres literarios dirigidos por Diego Ramírez.

Actualmente realiza un Magíster de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Austral de Chile.

Sus textos han sido publicados en las antologías Marcas de dientes, Frágil (Editorial Moda y Pueblo) y Pendrive (Mantra Ediciones) .

Arcada constituye su primera obra autorial.

* Moda y Pueblo es una editorial independiente, orientada a la manufactura de libros financiados, fotocopiados y armados por los autores mismos, quienes a su vez diagraman y diseñan las páginas, portadas, solapas, etc.

Generalmente, los ejemplares incluyen objetos relacionados con la temática de la obra, acercando al lector a una materialidad lúdica y sorpresiva, que en la mayoría de los casos los lleva a cuestionarse más allá de lo visual.

Como autores, pretendemos disminuir el valor comercial de los textos, a fin de acercar nuestra literatura a una colectividad que los valore en tanto piezas únicas, elaboradas a mano y con ejemplares numerados.

# # #

Sustancias informes

Yo los sentía dudar
como si de pronto nos fisuraran los párpados.

Venían de noche.
Caminaban de día.

A veces nos mordían los pies,
marcándonos los tobillos
con sus eslabones.

Las calles chorreaban.
Las calles se convertían
en interminables fosas de sal.

Nos lamían las piernas.
Nosotros los mirábamos como si algo,
pero nunca.

Difícilmente sucedía algo allí,
o tal vez pasaba,
pero ya estábamos acostumbrados.

Era como si la fiebre
se hubiera apoderado de nuestras falanges,
y ahora el circuito les pertenecía.

A nosotros nos bastaba
la lucidez de su pupila.
Nosotros los queríamos
entrando por los agujeros.
Un agujero es un ojo.
Un agujero es aquella abertura
con que la vida nos infla la carótida.
Un agujero es un puente de nacimiento
que lo masculino vulnera
y el feto rasga.

Ellos sabían.
Ellos podían olernos
a kilómetros de distancia.
Venían de espaldas como si tuvieran que vivir.

Algunos nos marcaban pedazos de N
y el resto chupaba el exceso de sangre.
Nadie decía que No.

Llevábamos su N tatuada en el ombligo.

Una N era moneda,
era agua,
era vagancia.
Una N era el placer
con que nos entregábamos al puño.

Nos marcaban las encías.
Nos mordían la cintura.
Nos orinaban las axilas;
pero aún así.

Antes de sonreír
los buscábamos entre los matorrales.

Ya avanzada la noche
aparecían bajo la cerradura.
Nosotros los señalábamos con un gesto
y todos sabían.
Nadie huía,
porque ferozmente
nos habíamos acostumbrado.

Nos gustaba imaginar
su multiplicidad cromática:
grises, negros, amarillos.

Pocos disimulaban sus manchas,
quizás por morbo;
quizás por hastío.

Yo diría que sentían vergüenza
y cerraban los ojos al enfrentar la luz.
(Nosotros jamás los mirábamos de frente)

Ellas les rogaban
introducirse entre sus piernas.

Ellos susurraban piedad,
ofreciéndoles bandejas con vísceras y semen.

Nosotros permanecíamos quietos,
afiebrados por el grito
de quien vislumbra la maleza.
Su marca
era una peste morada
enquistada insulsamente
en el comienzo del lagrimal.
Siempre que nos mordían la boca,
nos estremecían
la catarsis del verbo.

Y luego todo lo contrario:
Hablábamos como locos,
danzábamos el frenesí
de nuestros genitales encubiertos.

El sonido nos cegaba.
Todo pelo venía a alzarse
como una sustancia mareadora
en la punta de las vértebras.

Nos habían contado leyendas.
Habíamos crecido
con la facultad de predecir
y la N no era más
que un destino balsámico en la lengua.

Ellos nos decían.
Ellos secreteaban en cuatro patas
y después nos olfateaban.

Quedaba para nosotros un líquido precario.
Nos enredábamos en el instante.
Bebíamos.
Asentíamos con los párpados.
Nos rasguñaban los brazos,
nos tiraban el cabello.

Esperábamos ser fecundados o rozados
por encima de la ingle.

Ellos nos labraban la piel.

Se agitaban sobre nosotros
hirviendo en transpiración.
Nos repetían dialectos inadecuados,
pero tan audibles
en el borde de la uña.

Y nosotros sonreíamos,
como si aquél fuera el pacto
que desde siempre quisimos oír.

Madre:

Tengo horror a la patria.

La patria es un cuerpo situado afuera de ti y de mí, que nos movemos juntas en esta agua. La patria es un laberinto de pelos y escalas que subimos sin conquistar, porque nosotras estamos para sensaciones diminutas que de enormes se nos transparentan.

Yo podría cambiarle el artículo y decir derechamente “el patria“, porque el patria es una boca que nos insemina desde su ausencia.

Tú sabes, Madre, que nuestras cadenas irán siempre aferradas a aquella iniciación tan equivocada y prístina, como una fábula del segundo aprendizaje.

Este cuerpo magullado es tan tuyo como mío, y cuando subamos a la superficie quedaremos preñadas por su quemadura. Por eso, mientras estemos aquí debemos mantener silencio y mirarnos todavía como animales que babean.

En la patria los perros fruncen el ceño, se muestran los dientes, caminan a horcajadas uno encima del otro.

En la patria, Madre, los perros se arrancan el cabello amándose brevemente en las esquinas.

Ahora estoy maldita.

Tú bien sabes que los perros de la patria nos montarían a nosotras para bautizarnos.

Por eso ven. Trae a mí lo poco de ti que queda y déjame beberte hasta que nuestra agua tiña de azul las aletas de este espacio.

Si yo te contara lo que somos, quizás sonreirías jadeando. Por eso me callo y te miro y tú te observas la panza como si quisieras abrazarme.

Tengo horror a la patria.

La patria va a accidentarnos con toda su serie de casualidades y ya no seremos tú y yo sino esto y lo otro; que se cruzan de repente cuando estalla un espejo.

Yo no quiero salir. Por eso cierro los ojos y las puertas y tú me preguntas qué nombre tendré, porque en la patria nadie se llama igual y todos nos vestimos demasiado.

Cuando me tocas yo te niego y te reafirmo, y a veces quisiera un perro que me lamiera esa fragilidad amarga que eres tú. Pero eso no puedo decírtelo, porque te pondrías sumamente triste. Entonces, prefiero hacerte creer que eres mi único espacio habitado; mi boca, mi axila, mi lengua, mi matriz.

Yo no sé por qué te escribo, si podría susurrarte.

Tengo horror de la patria y de ti; y a veces pienso que lo mejor es soñar ebria sobre la playa.