estampa: amantes narrados por un libro
a ML
Y entonces los rostros por fin se confrontaron. La noche era una capa por donde pasaban tranvías e Irlanda era un refugio para alejar a los muertos. Muerto era el gozne que el silencio percute, muertos los tacos que por las veredas babean. Él aguardaba con su rostro de furias a que ella llegara vestida de arrebato, a que el dique se abriera como una caliente herida. Ella llegó, sencillamente. La vio frágil como un lirio, una súplica o un guiño, pero, pese a todo, siendo la misma que había cincelado: la niña lista, la querida, la etcétera, etcétera que tanto lo amparaba. De ella no sabremos nunca qué sentía.”Basta con las manos”, le dijo él; siendo que, en realidad, quería entregárselas para que las usara de peinetas, para centrar toda caricia. Hubiera querido él asirla a su esperanza, relatarle el por qué de tanto brillo, el por qué de esas palomas que le brotaban de los párpados. De ella no sabremos nunca que pensaba. Y yo, tan sólo un libro, excusa fatal para que se encuentren estos ángeles, desde una mesa, desde un bolso, los observaba con cariño. El amor puede ser también un rito, un sabio protocolo hecho de dudas. Yo me fui con ella a dejarme leer por sus dos besos. Él se quedó, duro, como esos relojes que dan las dos en punto y no esperan que el sueño se ennoblezca. En un coche de alquiler partimos ella y yo rumbo a lo incierto. Caminando se fue él a sus miserias. La noche era una capa por donde pasaban tranvías y el amor viajaba en sus vagones.
Por Flavio Crescenzi, YSE.
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