Y SIN EMBARGO magazine

Avatares de la vida. Ninots de UU, Miguel Ruibal, fernandoprats, Nirvana SQ, Leonie Polah, Brancolina, Thomas Hagström, Anna Christina, Thierry Tillier, Ezequiel Ruiz

Seven years of a periodical and independent publication is perhaps both necessary and long enough a time to verify or put into practice a set of ideas, wishes and adventures. YSE closes a cycle, but doesn’t close (neither literally nor metaforically). Seguiremos, pero seremos otros.

On air: YSE #29, LAST/s.

hasta que no escuches nada, rivera valdez


hasta que no escuches nada más que el fuego
V.


La historia comienza con unos golpes en la puerta, seguidos del estremecimiento de Juan. Continúa con la repetición -como balas de salva, como estampidos- del aire a presión atravesando los dientes, las fosas nasales. Las cortinas tiemblan, el escritorio tiembla, el aire alrededor tiembla, se diría / que hasta las paredes tiemblan.

Pero la historia en rigor comienza con un mantra, uno que Juan repite incansable, intempestivo, inmoderado, una y otra vez, como si fuera parte de su credo (pero de un credo que aún no es tal, uno que se está construyendo, uno al que aún le falta la fe que haría innecesaria tanta convicción, tanta persistencia, tanta repetición por momentos furiosa y atenta; un credo al que sólo sostiene de momento la más obsesiva de las determinaciones. O una de tantas, de esas que (lamentablemente) no abundan.)

Mantra. Disparado en n-direcciones, sostenido por cierta experiencia y amortiguado por todo el entorno. Un mantra, que sugiere lo que a veces las palabras, ennegrecidas por el uso, se resisten a describir. Y está esa otra ensoñación, que disiente del espacio, de la pausa, del estío. Que por principio disiente / de casi todo. Y así amenaza con acabar
lo que hace siglos viene siendo comenzado. Claro, son puras amenazas (huecas) y aquí nadie acaba nada. Ni aquí ni en ninguna otra parte. Pero es innecesario, es inevitable, acatar las intenciones, ajustarse el cinturón de los instintos. Darles de comer. (Darles qué comer.)

La historia comienza con unos golpes en la puerta. Son golpes suaves, golpes incluso se diría que tímidos, pero vienen del afuera y Juan no puede menos que exaltarse.
Por desidia, por hábito, tiende el sistema completo a practicar los reflejos adquiridos. Pero tiende también (por otros hábitos) a resistirse a todo reflejo.
Cuando mira por la mirilla no ve a nadie. Juan discurre: O se han marchado o nadie estuvo nunca aquí. Lo que sea menos fatuo será lo más probable, también lo más incierto será una que otra vez lo más probable. Y Juan retorna a lo que hacía, que no difiere en nada de lo que en otro lugar cualquier otro puede y seguramente estará haciendo, pero eso a Juan (a veces, quizá esta vez) lo tiene sin cuidado.

Intentaba enhebrar a las palabras como quien intenta recordar con cierto esfuerzo la letra o melodía de una canción que hace años que no escucha. Ojos cerrados, frente algo fruncida, gesto reconcentrado. Una elegante, una silenciosa ensoñación, una intención de fuga.

Es uno de los más grandes críticos literarios del mundo. Llega ahora a la Argentina un libro que compila sus textos más brillantes, publicados en la legendaria revista The New Yorker. Juan se ataja la cabeza y resiste como puede el embate del barullo. Voces por millares referidas en apenas una línea. Todo el mundo que conoce, todo lo que intenta con esfuerzos de cierta ineficacia dejar a un lado. Todo lo que lentamente va dejando a un lado. Es la voz más grande que han dado las letras hispanas. Un silencio. Otro silencio. Sinsabores. Sumatoria de silencios. Tal vez así, tal vez así. Se refriega la frente, vuelta a empezar. Corramos la ubicación, que no sea yo ni el sitio aquel. Vuelta a empezar. Sumatoria de silencios. Posición y ubicación, brújula errante. Sinsabores. Sumatoria de silencios. Si lo vas a dejar a medias, es mejor que tampoco lo comiences. ¿Quién dijo eso?
Silencio. Más silencio. Sumatoria de silencios. Tal vez así. Tal vez entonces…

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La historia comienza

con unos golpes en la puerta.
Es el tiempo difícil en que intentas
por más que es difícil, por más que hay
siempre ruido allí fuera
tú lo intentas.
Intentas desvanecerte.

Pero he aquí…
Esta es la historia.
La historia comienza con unos golpes en la puerta. Lo primero que haces (desde luego) es saltar de tu asiento. No saltar propiamente dicho, pero sí “revolverte”. Digamos sufrir un escozor, un ligero estremecimiento.
En otro tiempo esa sensación velozmente hubiera derivado en miedo, en congoja, en angustia, en un dolor hondo y devastador en el medio del pecho, en la “boca del estómago”, en la zona más honda, más profunda del pecho. Un dolor, una angustia, que come, que carcome todo. Un dolor centrífugo y espiral-descendente.
Un dolor de mierda.

Pero tú ya estás viejo. A esta altura del partido tu sensibilidad te importa menos que una numerosa acumulación de otras cosas, claramente sigue jugándote en contra cuando intentas lidiar con los extraños terceros humanos que equiespaciadamente se ejercitan en llamar a tu puerta.

Respiras. Porque sabes bien que siempre es bueno respirar, recordar que uno está vivo, que es un organismo aeróbico, que como un globo se llena y circula de aire por dentro. Por adentro. De lo costodiafragmal a la “voz de cabeza”, al hálito tembloroso, haciéndose fuerte, más bien haciéndose firme, con cada pasada.

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El fuego que crepita son dos. Hay uno adentro, nuestro sparkle, nuestra llama fugitiva. Otro afuera, todo afuera, desde el fin del universo hasta aquí, ocupando todo, consumiéndolo todo.
¿Y si ambos fuegos son el mismo fuego?

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La historia comienza con unos golpes en la puerta.

Juan se estremece.
Piensa, han golpeado.
O algo similar, porque Juan es argentino, no español.
¿Por qué se asusta? ¿Qué motivo puede haber para su miedo?

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La historia comienza con unos golpes en la puerta. Juan piensa, han golpeado, y se estremece.
No es que Juan sea un imbécil o un cobarde. Ni siquiera es un histérico. Es que siempre que de afuera llegan golpes es para problemas, idioteces o distracciones. Sinceramente, de su parte, no puede recordar una sola vez en que los golpes en la puerta hayan sido el anticipo de un motivo de alegría, de una buena noticia, de una solución. De cualquier instancia o cualquier cosa que le sirva a sus propósitos.

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La historia comienza con unos golpes en la puerta. Han golpeado, piensa Juan. Se resiste a creerlo, pero no puede hacer nada por evitarlo.
Se resiste.

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La historia comienza con unos golpes en la puerta. Lo primero en lo que piensa es en el miedo. O es más bien lo primero que siente. Un acceso repentino, absurdo, automático de miedo. Inaceptable para alguien de su edad, de su nivel, de su experiencia. Pero como hemos dicho, no depende de él, es sencillamente una respuesta automática, un reflejo condicionado. Tantos años de soledad y silencio, tanta isolación lo han dejado especialmente sensible a la intromisión en su espacio de terceros humanos.

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La apuesta es desde siempre superar las circunstancias, escribir, sin que importe nada, sin que importe nada de lo que pase alrededor. Escribir aunque afuera estallen bombas. Escribir aunque haya alguien golpeando tu cabeza con un bate o un martillo. Y hacerlo como si en verdad no pasara nada, como si estuvieras en el sitio más tranquilo, seguro y silencioso. Como si fueras Buddha en Krishna-Loka. Como si toda la realidad se hubiera desintegrado, evaporado, desaparecido por completo. Superar las circunstancias, estar a mil, cinco mil, diez mil metros de altura sobre el nivel del mar de ruidos, sobre todo lo que ocurre en la superficie del océano. La apuesta es a ganar y sólo puede apostarse todo. Y una vez realizada la apuesta, no tiene caso, no tiene sentido volverse hacia atrás, arrepentirse, desdecirse, o mermar el gesto.

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La historia comienza con unos golpes en la puerta.
Esa es la historia.


Por Rivera Valdez, YSE.

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8 pareceres, respuestas o pings

  1. RV

    Desayunando-me
    lo.
    Qué nutritivo!

  2. Ana Pastor

    ¡ Pange lingua!. La historia es que alaben las lenguas y la mia ya lo hace. Y la cuestión es que tu sigas escribiendo tan bién como lo haces!

  3. RV

    Magna amabilitas!

    Se agradece.

  4. Graciela Oses

    Si lo vas a dejar a medias, es mejor que tampoco lo comiences. ¿Quién dijo eso?
    El mismo. El que callaba cuando tenía la oportuna instancia de decir algo. Pero no.
    Era todo & nada.
    Así que nada ( que es más relajado ).

    Sí, sísísí: hace falta el fuego. Ya entra en el orden de las necesidades inmediatas, estructura(nt)les, vitales.
    Sí, no dejes de escribir, también sin manos o sin ojos.
    Gracias por este no pan dulce navideño.

  5. RV

    Gracias a ti, Graciela, por las apreciaciones.
    El fuego siempre a la mano, para calentarse.
    También me gusta el pan dulce, y el no también :)
    Slds’

  1. planetalibro.net - 27 Nov, 2009
  2. kosmopia.com - 1 Feb, 2010

Responder a “hasta que no escuches nada, rivera valdez”

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